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La Capital Política. / por: Octavio César Mendoza Gómez.

 

 

¿Otra vez los mismos?

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Termina julio con grandes triunfos ciudadanos y comienza agosto con una agenda que tiene, como elemento principal, la sucesión presidencial del diminuto pero dañino personaje protagónico del sexenio trágico en el cual los mexicanos hemos vuelto a vivir en el peligro, como se estilaba antes de la famosa y ya casi lejana transición democrática del año 2000 –ayer, ayer, ayer.

Esta es buena época para instalar un negocio de “asesoría política” para que los suspirantes comiencen a gastar el insultante recurso de la que será la elección presidencial más costosa de todos los tiempos, y también el momento para que los ciudadanos refuercen su postura beligerante para evitar que quienes le torcieron el cuello al cisne vuelvan a ocupar una curul.

La propuesta es que prepare su lista de los diputados –propietarios y suplentes- que han denigrado al Congreso para que la haga circular por todos los medios, a fin de que los ciudadanos conscientes, aunque sean pocos, tomen en cuenta que más que un voto de castigo, los partidos políticos merecen un recordatorio -¿maternal?- de que no se vale repetir fórmulas corruptas

Igualmente, haga su lista de ediles, presidentes municipales y funcionarios públicos que ya lo tengan hasta las manitas con su cinismo, su indiferencia, su ineptitud y/o su personal gusto por ocultar el destino de los recursos públicos, porque usted y sólo usted, apreciable lector, ha sido, es y seguirá siendo el principal responsable de que los que nos gobiernan lo hagan mal.

Haga examen de consciencia electoral, y dígame si no se equivocó en las elecciones pasadas, si no pecó de ingenuo, si no se pasó de iluso al creer las incumplibles promesas de campaña de quienes, hoy en día, sólo están viendo por los suyos, a costa de los que llevan años en  la brega de eternidad –no es albur- y los que de veras de veritas han estado ahí en pie de lucha.

Igual: si usted es dirigente de un partido político y quiere ganar el proceso electoral del 2018, no se haga maje y deje de apostar a la venta de candidaturas, al reacomodo de piezas, al salto inmortal de los chapulines, porque si no refrescan sus cuadros, los partidos políticos van a quedar a la vera de la nueva dinámica político-social que ya se hartó de los sepulcros blanqueados.

¿A qué me refiero? Simple: a que los candidatos de todos los partidos dejen de ser los mismos, a que se voltee a ver a los ciudadanos para elegir perfiles honestos que no hayan estado inmersos en el toma-daca del poder, repartiéndose curules y regidurías como si fuesen el producto de la paliza que le han propinado a esa piñata llamada democracia mexicana.

Véase el ejemplo de Francia: su democracia está más viva que nunca, porque quienes apostaron por los mismos rostros fracasados fracasaron en su intento por recuperar o mantener el poder, y quienes apostaron por la renovación de candidatos obtuvieron un avance más que notable dentro de sus sistemas democráticos y de gobierno, porque la gente vuelve a creer.

Cómo volver a creer en un partido que ya propuso dos o tres veces a los mismos candidatos, en tiempos donde la gente sabe que la llamada “carrera política” debe ser breve y efectiva. Eso es como atribuir poderes sobrenaturales a simples pero ambiciosos mortales. ¿No le causa risa recordar a cierto malandrín decir que si no era senador sería presidente de su partido?

Por cierto: más vale a este sujeto tener mucho cuidado de no encontrarse de frente con los ciudadanos, ahora que se le ha ocurrido regresar por sus fueros en “calidad” de diputado independiente después del mega escándalo en el que hundió la reputación del Legislativo –el cual, por cierto, si tuviese vergüenza, evitaría a toda costa su retorno.

El pueblo no merece ese tipo de fanfarrones. Y mire usted que llevo muchos años viendo ir y venir a quienes han hecho muy bien, sólo bien, mal y muy mal su trabajo como depositarios de la democrática confianza ciudadana, como para no saber de qué estoy hablando: el político que salta de un cargo de elección popular a otro, se vicia, se enloquece, se enferma de poder.

Como Diógenes, le sugiero ir con una lámpara por las calles, a pleno mediodía, para encontrar un hombre honesto que lo represente. No le digo que un santo, porque la santidad es técnicamente imposible –para comer hay que matar-, pero sí una persona que le resulte transparente, honesta, que la pueda obligar a cumplir sus compromisos, que sea de Ley.

¿Dónde la va a encontrar? Mire alrededor suyo: en la escuela, en el trabajo, en las organizaciones no gubernamentales, en las asociaciones civiles, y propóngala a los partidos políticos, promuévala en las redes sociales, mencione su nombre en las conversaciones. Y por lo que más quiera: no se deje llevar por el aspecto físico. Soy esteta y aprecio la belleza, pero no en lo político.

Mire que hace falta cambiar el chip a usted, a nosotros y a nuestras familias, para evitar que la democracia nos harte; porque a pesar de todo, la democracia es el único sistema donde usted elige y descarta a los animales que entran a la jaula. Si como muchos ciudadanos usted juzga oportuno sacar en 2018 a los que metió en 2015, se lo aseguro que sus hijos se lo agradecerán.

Perdón a los animales por la comparación, pues otra cosa diría Charles Darwin: que la evolución es una Ley, aunque su tratado se llame teoría; la cual sólo encuentra dudas al considerar el origen de ciertos políticos que se parecen más a los cerdos, a los buitres, a las ratas y a las cucarachas, que a los nobles y simpáticos chimpancés.

 

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