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La Capital Política. / Octavio César Mendoza Gómez.

 

Elogio de la inteligencia.

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La inteligencia, ese don concedido por la naturaleza a toda la humanidad y que al paso de siglos de dominación ideológica y/o económica se ha convertido en privilegio de unos cuantos que procuran su desarrollo o su ejercicio –para bien o para mal-, es el principal activo de toda sociedad. Desde el recinto universitario hasta el cubículo, pasando por el laboratorio del investigador especializado, hasta llegar al único rincón iluminado donde el autodidacta reconstruye el entramado filosófico del universo por medio de la lectura, la inteligencia encuentra la exultante motivación de la duda y se re-significa a sí misma a través de la hechura del poema, la expresión de la idea, el hallazgo de la verdad científica o el simple asombro ante su propia reflexión.

Para Jorge Luis Borges no existe mayor goce humano que pensar. Tocado por el don del pensamiento creativo, su nombre y su obra le dan la vitalidad de un Maestro con el cual te acabas de encontrar hace un par de días; vitalidad intelectual que mantiene vivos a muchos de los autores que abundan en las bibliotecas y que resulta imprescindible mantener cerca de nosotros, a fin de evitar que dicha sociedad derive en el caos o que el individuo se deje llevar por la pérdida del sentido común y se lance al vacío de la barbarie y la vulgaridad. Ellos, los autores, poetas, filósofos, científicos, investigadores, así como los doctos, letrados, pensantes y curiosos deberían ser –en un mundo ideal-, los líderes de las instituciones y los primeros mandantes de los gobernantes.

Imagino el salto cuántico que daría nuestro México si fuesen los más brillantes, los más sabios o los más inteligentes los que tomaran en sus manos la batuta del mistificado “Progreso social”, basados en el estudio y la medición precisa de los fenómenos que nos rodean y de los cuales somos  receptores o emisores, para plantear la solución de los problemas resultantes de pobreza, inseguridad, desconfianza, corrupción y demás fallas estructurales del sistema político-social mexicano del siglo XXI. Imagino asimismo los avances democráticos si no fuesen los más oportunistas o los más ambiciosos los que mediaran entre el ejercicio del poder y los objetivos de la comunidad, a fin de encontrar el equilibrio moral de fuerzas y posturas.

Cómo es posible que resulte relevante la opinión de los partidos políticos al decidir quiénes serán los individuos que integrarán los cuerpos colegiados de las instituciones organizadoras y sancionadoras de la legalidad de los procesos electorales. Al contrario: los mejor calificados en cada proceso de selección, indistintamente de la simpatía o antipatía que causen a los partidos políticos, deben ser los elegidos. Respetar el caudal y la independencia intelectual, primero. O qué prefiere el paciente: ¿un cirujano que le cae bien, aunque tenga menor conocimiento de la operación a realizar, o uno malencarado pero eficaz? Vayámonos al simple caso de los recientes procesos electorales que luego quedan bajo el lodazal de la duda y el fraude.

Ahí comienza a descomponerse el escenario ideal del gobierno de los más capaces. Luego viene el momento de sancionar las conductas indebidas de los (ya ni modo) ciudadanos elegidos por la vía democrática, cuando los tribunales electorales, los congresos y cabildos, y las áreas de transparencia y auditoría están cooptadas por quienes aprovecharon las reglas del juego para imponer su voracidad al precio que fuese necesario pagar. Su silencio, o la cínica negación de los delitos cometidos, se convierten en una carta blanca de impunidad cuyo costo a futuro será cada vez más grande. Y por ello me pregunto: ¿acaso sólo algunos ciudadanos notan la aberrante campaña electoral que realizan algunos aspirantes a dictador con el erario público?

Cuando los personajes más notables de nuestra sociedad resultan expuestos al escarnio público en razón de su “peligrosidad” para los parásitos enquistados en las instituciones, cuando se les niega el derecho a participar en la definición de las plataformas y políticas públicas, cuando se evita a toda costa que los más inteligentes y los más capacitados alcancen los sitiales del liderazgo social, o cuando se prefiere dejar el poder en manos de los más incompetentes –o “corruptos útiles”-, sólo porque los brillantes resultan antipáticos, perdemos rumbo, tiempo y capacidad de gestionar los retos que la vida en comunidad nos pone enfrente, llegando así a un escenario donde, por ridículo que parezca, tapar un agujero requiere de miles de millones de pesos.

Como suele decirse: la Educación cuesta y, aún así, el costo de la ignorancia es superlativamente mayor. Lo tienen muy claro aquellas sociedades que siguen apostando por la Educación, y que han superado las etapas de primitivismo e incompetencia en las cuales vivieron los horrores de la guerra y el hambre. En esas sociedades se ha denunciado la perversa manipulación de los populismos que son como besos del diablo que tarde o temprano se convierten en agujeros negros del recurso público, y se ha reforzado la idea de que la justicia social sólo puede andar por el sendero de la igualdad de oportunidades y a la sombra de amplias frondas de respeto a las capacidades, aptitudes y años de dedicación al estudio de cada individuo.

La libertad es el saber, el conocimiento es el poder, y la aplicación de ambos conceptos en el ejercicio público es el hacer. Si se transforma el individuo en alguien más capaz, más instruido, más culto, se transforma la sociedad y progresa el mundo. No todo se trata de poder, de dinero, de fama, de aquí nomás mis torcidos y poco nutritivos chicharrones truenan. Y vaya que se lo dice un simple visitante de bibliotecas públicas que aprendió a leer gracias a la voluntad de su mamá y el gusto por hacerse de libros de su papá; un poeta menor que sólo ha ganado un par de premiecitos y ha escrito algunos poemas amorosos y un par de divertidas pero olvidables prosas que, algún día, reclamarán su lugar en el salón de la infamia.

 

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