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La Capital Política. /Mediocres. por:Octavio César Mendoza Gómez. /foto: Héctor M Guevara

 

 

Señalan la paja en el ojo ajeno, hacen ronda de buitres en el cielo, se auto denominan “salvadores” de la patria, de las buenas costumbres, del honor y la decencia. Dicen un día sí y el otro también que son rectos y honestos, que jamás han recibido un peso que no les pertenezca, y lo repiten mil veces ante el espejo para creérselo, y así convencen a sus electores de que les regalen su voto a cambio de una dádiva, de una promesa, incluso de una amenaza.

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Para vencer al oponente, enderezan sus dardos venenosos contra aquellos que tienen la mala suerte de cruzar por su camino –si así se le puede llamar al lodazal que van dejando por estela- y comulgan con quienes llaman “aliados”, que no son otra cosa que cómplices, y brindan en cálices dorados con vinos exquisitos para acordar las ganancias del futuro negocio, y decidir el color de los puentes y los niños y los pájaros y los árboles

Han llegado al poder, y el poder corrompe, el poder muestra lo peor de cada uno, y de todos. Esa era la meta. Ahora el pueblo se pregunta, después de evidentes latrocinios, de abandono y ninguneo, por qué se equivocó de nuevo, y para qué diablos sirve la democracia si tiro por viaje se colocan en el cargo una caterva de sujetos abusivos que gritaban en micrófonos infames que lucharían por el pueblo, que ahora sí, verdad de Dios, ahora sí no iban a fallar.

Pero, ¿son culpables los corruptos, o sigue siendo válida la conseja de que no tiene la culpa el indio sino el que lo hace culpable? Si se tratase de señalamientos de conductas nocivas, de agravio e impunidad, los críticos, los indignados y los periodistas mexicanos seríamos campeones en el arte de blandir la espada de Damocles; sin embargo no vamos más lejos, no proponemos cambios a las leyes, no tomamos el micrófono para limpiarlo de lodo.

Por ejemplo, y en referencia al debate de la entrega y el rechazo de útiles escolares “gratuitos” por parte de los Ayuntamientos (y sólo en caso de que ya nos quede claro que para las autoridades electorales y sus felices integrantes no hay delito que perseguir) ¿no sería oportuno presentar una iniciativa de Ley para que los generosos presidentes de los municipios que saludan con impuesto y sombrero ajeno lo hagan sin promover sus eslóganes, colores y pésimos malos gustos?

¿No podrían los artistas e historiadores y promotores de la cultura de nuestra ciudad proponer y elegir los colores que identifiquen nuestro entorno urbano? ¿No pueden nuestros distinguidos diputados –ya ni la burla perdono- escuchar al pueblo para modificar Leyes, deshacer entuertos, arreglar chismes y ponerse a trabajar en serio, preguntando a la sociedad que dicen representar para qué son buenos aunque sea en lunes?

Si ya explotamos de indignación contra las autoridades, ¿por qué no explotamos de indignación contra nosotros mismos? Créame que cuando hay ciudadanos como un tal Kumamoto, que le ha sabido jugar contras a los partidos políticos, hasta “el peje” se asusta. Así deberíamos ir a las instancias correspondientes a instalar algo más que una mentada de madre, pues mientras seamos omisos, flojos y “escépticos del sistema”, seremos colaboracionistas.

Es cierto que hay temas como la seguridad en los que la sociedad no puede hacer otra cosa que cuidarse, a menos que se una y se arme como lo han hecho en otros Estados de la República Mexicana; pero también hay temas en los cuales sí podemos hacer mucho, uno por uno y todos juntos, para modificar las conductas negativas de toda la sociedad. Qué tal si pasamos de la observación a la corrección, en lugar de ver cómo todo se va al traste.

Por ello propongo al lector que adopte a un diputado, le proponga iniciativas, las haga del conocimiento público, y pida apoyo social para empujarlas. Adopte a un presidente municipal, para que le haga ver sus excesos, su falta de sentido común o de honestidad, para que lo guíe por el buen camino. Adopte a un regidor, a un magistrado, a un juez, a un consejero electoral. Haga una piadosa marca personal a su quehacer. Igual y gana el cielo para ambos.

Quizá de esa forma nos vayamos haciendo corresponsables de gobernar este País, y de dejar de sentirnos culpables cuando el día de las elecciones, “ora sí”, nos cambia la suerte y ejercemos un inútil voto de castigo. Pues no: el voto no es un billete de lotería, o un bono canjeable por tortillas y garrafones, sino un título de propiedad: propiedad de la dignidad, de la verdadera voluntad de cambiar las cosas, del destino y la seguridad de nuestras familias y de nosotros mismos.

La otra es dejar de quejarnos, seguir como estamos, y aplaudir el espectáculo.

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