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Albero potosino /El cambio somos todos por: Emmanuel del Toro

Con cierta frecuencia me pregunto: cuántas veces no habremos pedido que el mundo pudiera ser un tanto más amable con la vida de todos los que en el habitamos. Que si la idea resulta demasiado pedir e incluso imposible de poner en práctica, es para efectos de la reflexión que aquí persigo, un tema que no detendré a pensar en este momento. No busco por ello pasar de explorar en otro momento las condicionantes de tal cuestión.

El caso para lo que aquí expongo, es que por mucho que se pueda decir respecto a la utilidad de promover cambios en los modos que habitualmente resolvemos nuestros conflictos sociales, resulta difícil negar que existe mucho más por considerar en el tema de lo que habitualmente hacemos, si en vez de pensar sobre las implicaciones operativas que sobre la cuestión pesan a nivel colectivo, nos concentramos en reconsiderar aquella recurrente idea, de que el tipo de cambios a los que la buena voluntad de vivir mejor en este mundo alude, son virtualmente imposibles por lo limitado de los alcances de nuestras decisiones individuales sobre la sociedad de la que participamos.

Porque para decirlo con total claridad, buena parte de todo lo necesario para atender nuestras miserias humanas colectivas más apremiantes, pasa necesariamente por la conveniencia de reconsiderar la importancia de nuestras propias decisiones y sus efectos en lo colectivo. Cuántas veces no habré escuchado decir: ¿y yo qué puedo hacer?; ¡bah! pero ¿qué tanto van a cambiar las cosas si lo hago?; ¿para qué cambiar, si yo solo no voy hacer la diferencia? Y no puedo dejar de pensar que: es justamente por tales ideas, que todo, o casi todo en cuanto a los numerosos problemas que como sociedad enfrentamos, viene de la frecuencia con la que renunciamos a poner en práctica lo posible desde la óptica personal.

¿Qué porque lo digo de este modo? El punto tiene que ver con que ni bueno, malo o para el olvido, el mundo que hoy tenemos, es llana y sencillamente el que todos sus habitantes permitimos que sea. Si a últimas fechas se ha vuelto todo tan incierto, caótico y desarticulado en términos sociales, la culpa es de todos. Como de todos es la ardua labor de devolver un poco de lo mucho que por indiferencia se pierde. El abandono de lo que se sabe somos; seres sociales. Pesa por mucho más allá de lo que se supone debería ser la mayor de nuestras atribuciones como especie, a saber, la posibilidad de promover el integro desarrollo de cada uno de nuestros congéneres.

Es cierto, en el tema de denunciar, enmendar y o corregir todo aquello que como sociedad nos afecta, ojalá fuera todo tan sencillo como dar cuenta de lo que a diario sucede, pero aunque importante, la cuestión de fondo es por mucho, más grave de lo que se supone debería ser, y tiene que ver con nuestra incapacidad para reconocer, que detrás de cualquier vicisitud colectiva por grande que esta sea, se halla la lógica utilitarista del individuo, que ante lo sobrecogedor de vivir en una sociedad, donde el común de sus necesidades personales son rutinariamente relegadas,, termina por lo bajo, optando por atender su propio provecho, aún si el mismo llega a verse en conflicto con el propio tejido social al que se supone pertenece. En tales condiciones, ese mundo de extremo padecer del que mucho nos dolemos en lo colectivo, pero del que apenas nos sentimos responsables en lo individual, no resulta otra cosa, que un reflejo sombrío pero muy consistente de nuestra perene incapacidad para ver más allá de lo propio. Lo posible de lo imposible –por decirlo de alguna manera–, yace en el imperfecto pero fecundo universo de nuestra propia persona: el cambio somos todos.

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