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¿Qué papel jugamos nosotros la ciudadanía? por: Ramiro Martínez Ávila.

Es del dominio público el cuento acerca de las campañas electorales, tenemos consabido las formas en que la propaganda política llega a nuestros sentidos para filtrarse en nuestras mentes a fin de generar en nosotros una opinión respecto de algún candidato o partido. En un sentido formal, sólo hemos experimentado este tipo de acontecimientos de carácter político desde nuestros espacios ciudadanos, es decir, nuestras casas, nuestros trabajos, etc., pero estas modificaciones sociales, que claramente se caracterizan por intereses colectivos en torno al poder político dan pie a la formulación de ciertas interrogantes: ¿Cuál es el mecanismo de los políticos para convencernos a nosotros y nosotras? ¿En que radica el mecanismo de tal convencimiento? ¿Cómo reaccionamos con respecto a los intereses en pugna de una contienda política? Hay que subrayar, que la primera pregunta corresponde con el concepto campaña electoral, la segunda con el concepto de propaganda, y la tercera pregunta se enlaza con opinión (en rigor se trata de lo que se conoce como opinión pública). Ahora bien, es evidente que nos enmarcamos en un modelo de democracia representativa, la cual se concibe  a grosso modo como el ejercicio del voto, hecho mayoritariamente por la ciudadanía, para cristalizar con tal decisión popular a los actores políticos que se determinarán como representantes públicos.

Se devela una peculiaridad, la dinámica de la manipulación de la opinión pública, cuyo poder decide por cuál candidato votaremos, se realiza cabalmente pero sucede que el o los ganadores de la contienda en muchos de los casos no retribuyen lo que el voto de la ciudadanía les otorgó, una victoria, no obstante: ¿El pueblo gana al votar? ¿Consuma su participación al dar paso a la participación representativa del político? Ciertamente en el plano discursivo sí; en la realidad, no. Casi todas las promesas establecen una idea que ora es expresada, ora es escamoteada (la develan burdamente los populistas, la manejan con moderación los liberales), “el pueblo es primero´´. Tal enunciado dentro de los límites del discurso político representa un moralismo laxo y burdo que debilita la seriedad de la práctica política, no se trata ciertamente de que la ciudadanía y la clase política se retribuyan mutuamente (nosotros dar el voto y que ellos resuelvan las problemáticas de la vida pública) como si se tratara de una transacción en la que se evidencia pasividad por parte de los ciudadanos y ciudadanas.

El teórico, luchador social y político italiano Antonio Gramsci, cuando elaboraba sus ideas respecto del papel del Estado en la sociedad, argumentó con su famosa fórmula Estado=sociedad política + sociedad civil nos dotó de un marco conceptual para entender la política no como una práctica relativamente aislada, sino como una forma en la que confluyen otros actores, la sociedad civil, por ejemplo, en la cual se desenvuelven las instituciones materiales de ideología tales como la escuela, la Iglesia y los medios de comunicación cuyas estructuras nos implican a nosotros la ciudadanía, puesto que cumplen una función de propagación de concepciones (de las élites) para dar permanencia al orden social. Otro pensador y luchador social -ahora grecofrancés y marxista al igual que Gramsci- de nombre Nicos Poulantzas en su célebre libro Poder político y clases sociales en el estado capitalista nos dice que las instituciones del Estado son “centros de poder´´ pero son las clases las que “ejercen el poder´´. Entonces, si el Estado es algo distinto pero a la vez constitutivo de los gobernantes y gobernados, se puede deducir de ello que el poder es un instrumento y no es inherente a tal o cual grupo o clase social. De ello también se desprende que la ciudadanía tiene la facultad de entrar en el juego de pugna también contra los poderosos y no contra el poder; en eso radica el papel de la ciudadanía en su determinado espacio. Tener la certeza de que no somos meros actores pasivos del orden social, nos coloca en una motivación de proyectarnos hacia las problemáticas e inquietudes sociales de forma concreta y resolverlas con la acción democrática.

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