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Albero Potosino / “¿Será este el despertar de la democracia potosina?” por: Emmanuel del Toro

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El 14 de septiembre de 2017 habrá de pasar a la historia, como una de esas fechas que difícilmente podrán olvidarse, por primera vez en nuestra historia reciente, se  “reventó” la sesión del llamado informe de actividades; no es que fuera la primera vez que la ciudadanía muestra su repudio por los malos manejos de la cosa pública, así como por la degradación e insolencia de una clase política acostumbrada a desoir sus exigencias, sin embargo, lo ocurrido aquel día guarda en términos simbólicos un significado muy especial; además de darse en plena capital del estado, dejó patente de forma inobjetable, lo que desde hace meses y desde los más diversos frentes, ha sido un reclamo ciudadano común: la actual legislatura local es –cuando menos desde el afianzamiento de la propia democracia–, la más desacreditada de toda nuestra historia.

De poco valieron los intentos que hicieran las distintas bancadas por desmarcarse del aluvión de reclamos ciudadanos que durante el último año se dejaron sentir con cada vez mayor agudeza, desde que una serie de vídeos filtrados a la opinión pública, mostraran de forma abierta, lo que siempre fue un secreto a voces: la existencia de una amplia red de corrupción y complicidades entre el legislativo y las propias instancias encargadas de vigilar el estado de las cuentas públicas en la entidad.

La “ecuación corrupta”, como se conoció a tan infame componenda de complicidades entre la Auditoria Superior del Estado y varios diputados de distinta extracción partidista, puso el dedo en la llaga respecto al acuciante problema de la corrupción al interior del Estado. El resultado ya por todos conocido, devino en que tres de los cuatro diputados presuntamente involucrados en dicha red, a saber: Enrique Flores Flores del PAN (militancia a la que se vería renunciando); Oscar Bautista Villegas del PRI; y  Guadalupe Torres Sánchez del PRD; terminarían pidiendo licencia.

La excepción se daría con Manuel Barrera Guillen del PVEM, quien en plena crisis de credibilidad institucional, no sólo no pidió licencia, encima permaneció en calidad de Presidente del propio Congreso. Casualidad o destino, pero ya fuera por soberbia, lo mismo que por razones personales y hasta de intereses políticos propios o ajenos, al permanecer contra todo pronóstico como diputado y hasta como presidente del Congreso local, la suya fue con toda seguridad, la muestra más evidente de una clase política totalmente repudiada, carente de legitimidad y de autoridad moral para siquiera reclamar como suya la posición de representantes populares.

Si bien muchas fueron las voces que desde diversas posiciones se fueron pronunciando, para evidenciar durante meses, el desagrado de la cuestión entre la ciudadanía, ninguna fue tan contundente y atronadora, como aquella que se dejó sentir aquel 14 de septiembre del presente año, cuando desde las horas previas al informe se respiraba un ambiente de expectativa y tensión. La cosa era clara: ningún intento por maquillar la realidad (ya fuera con acarreados), o de desviar siquiera mínimamente la atención por todo lo ocurrido los meses previos, así como por la propia permanencia del diputado Barrera, lograría el cometido de apaciguar los ánimos de una sociedad cansada de tantos abusos de autoridad sin la menor consecuencia.

De ahí que desde el inicio mismo del informe, la muy nutrida concurrencia que acudió a la cita, se unió en una sola aclamación: ¡fuera Barrera!, ¡fuera Barrera! Misma que se repetiría sin cesar a la largo de un muy breve informe del que con toda seguridad y pese a que no se escuchaba lo más mínimo, por el grito ensordecedor de los presentes, el único pendiente fue el propio diputado, a quien ni sus propios acarreados le valieron para siquiera disimular las muestras de disgusto de la ciudadanía.

 

La gota que derramó el vaso, vendría de la mano de otro personaje cuya reputación se halla también por los suelos: el diputado José Luis Romero Calzada. Hombre cuya necia tendencia al exhibicionismo mediático, le ha valido todo tipo de burlas y expresiones de desaprobación entre la ciudadanía, cosa que desde luego, le tiene sin cuidado, como queda patente en sus ya rutinarios escándalos, donde lo mismo se entremezclan todo tipo de declaraciones desafortunadas y burlescas, que actos de clara provocación pública, tal fue el caso de lo acontecido en el informe de actividades del Congreso.

Aquella tarde, a propósito de los gritos ensordecedores de una muy nutrida concurrencia (que lo mismo congregó a estudiantes, amas de casa, trabajadores, comerciantes, empresarios y todo tipo de activistas sociales); el diputado Romero Calzada aprovechó la ocasión para hacer mofa del escarnio público, con todo tipo de injurias al aire, señas y hasta cartoncillos, usados para burlarse de los reclamos de la ciudadanía, razón por la cual, la reacción no se hizo esperar, cuando un muy numeroso contingente de personas, la mayoría de ellas ubicadas en la parte media del recinto legislativo, justo detrás del área donde comúnmente se ubican los asesores de los diputados, terminaría liada entre gritos, empujones y amagos de golpes con policías y guardias de seguridad (vestidos de civil), determinados a  evitar que la propia ciudadanía que se arremolinaba por cientos a lo largo de un reciento de por sí escaso en espacio, pudiera pasar libremente a dicha área.

El resultado final de dicha trifulca –repasada hasta la saciedad en diversos medios de comunicación tanto locales como nacionales–, tuvo como consecuencia que la absoluta totalidad de los diputados abandonara prematuramente el recinto, después de lo cual las luces del lugar fueron apagadas de súbito, en medio de aclamaciones de los ciudadanos que aún permanecían en el interior del Congreso. El sentimiento no podía ser más emotivo, pese a la descompostura evidente de los presentes, entre la muchedumbre cundió un júbilo pocas veces visto: la sociedad se había hecho oír como hacía muchísimo no ocurría. De hecho para ser sincero, cualquier intento por describir las emociones suscitadas por lo que ahí ocurrió se quedaría corto.

Y es que en realidad, nada de lo que se pudiera rememorar de lo hecho por la actual legislatura, podría haber contenido el clamor de quienes con su presencia decidieron alzar la voz, para dejar patente el disgusto y total desaprobación por todo lo sucedido, así como la falta de tacto y sensibilidad para dar correcta lectura a ese hartazgo de una ciudadanía, que desde la propia muerte del Dr. Nava, había permanecido por décadas, catatónica, en una especie de letargo civilista, acumulando decepciones y disgustos con una clase política, que no ha sabido estar a la altura del reto de lo que vivir en una plena democracia significa.

 

La consigna detrás de este disgusto es muy clara: queremos una democracia que se haga extensiva a los asuntos derivados del propio ejercicio del poder. De otro modo, por muy libre y ordenado que sea el propio acceso a las principales posiciones del Estado, la democracia por la que tanto se luchó en otro tiempo, habrá de de dejar un muy amargo sabor de boca, lo cual resulta a todas luces peligroso, toda vez que eso genera las condiciones propicias para que cada vez más personas lleguen a ver como deseables, opciones de dudosas credenciales democráticas (tal es el caso del populísmo)..

Lo menos que se puede decir al respecto, es que quedan todavía muchas preguntas por resolver, respecto al modo como este necesario cambio en la forma de tomar decisiones públicas puede efectivamente afianzarse más allá del espontaneo clamor ciudadano. Sin embargo, una cosa es muy clara: ese gigante dormido llamado ciudadanía parece haber despertado. Habría que agregar que, como alguna vez dijera el propio Dr. Nava: el reloj político tiene sus horas contadas. Esto no lo debe olvidar nadie, mucho menos los dirigentes políticos. En consecuencia me pregunto: ¿será esta la hora definitiva de un nuevo amanecer genuinamente democrático?

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