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La Capital Política La agenda del caos. por: Octavio César Mendoza Gómez

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Los gobiernos monolíticos, cohesionados por la nomenclatura de una sola corriente ideológica o doctrinal, dirigidos desde el pináculo del tótem sacralizado por sus adoradores, aparecen cuando la sociedad teme represalias de los mismos; pero sobre todo, cuando la gobernabilidad se encuentra en riesgo y el Estado, temeroso a su vez del colapso, ejerce presión sobre determinados grupos sociales, a fin de aplastar brotes de inconformidad. Así, los medios de comunicación, las charlas de café y los mensajes digitales, se convierten en asunto de gobernación y control.

Entre más cerrado y piramidal se comporte dicho gobierno, la cúpula dominante se encontrará más lejos de percibir el verdadero sentimiento de la base oprimida. Y no se necesita ser marxista para verlo: entre una sociedad cegada por la necesidad, que “celebra” la dádiva de la que antes se avergonzaban los gobernantes –hoy hasta anuncian con bombo y platillo la entrega de útiles y despensas-, y un gobierno que no crea infraestructura productiva, las sociedades se concatenan en fenomenologías dignas de estudio Durkheimiano: inseguridad-temor-desorden-pobreza.

A pesar de ello, San Luis Potosí ha logrado transitar entre diversas formas de entender la política y ejercer el poder (desde el icónico legado de austeridad de Salvador Nava Martínez, pasando por la cohesión idiosincrática de Carlos Jonguitud Barrios, la catapulta de obras y acciones globalizadoras de Marcelo de los Santos Fraga, hasta llegar a la institucionalización del populismo “gallardista”) sin que eso signifique una ruptura esencial de lo que solemos llamar “potosinidad”: esa cualidad de sabernos dar la mano después de debatir, y de apoyar al ganador al pasar el toro de la elección.

Sin embargo, merced a la irrupción de diversos elementos “tecnologizantes” de la desinformada e intelectualmente vulnerable opinión pública, la polarización democrática ha derivado en la toma de posturas políticas radicales, más allá de la genuina simpatía o del debate racional, enarbolando banderas ridículas como la diferenciación clasista entre “buenos” y “malos”, la apuesta por la confrontación civil y/o policial entre diversas esferas de gobierno, y la generación de estadísticas de dudosa veracidad, con la única finalidad de abonar al desprestigio de Tirios y Troyanos.

Esa “agenda del caos” es lo que otros ingenuamente denominan “crisis institucional” y otros, provechosamente, observan como “río revuelto”. Para un servidor, es como una mesa de billar puesta bajo leyes físicas no newtonianas. El problema radica en que las bandas de golpeo ontológico de cada jugada se han vuelto flexibles y, los resultados, impredecibles. Difícilmente se puede adivinar quién vencerá a su oponente, porque cada oponente es factualmente sustituible, conforme las reglas del juego son modificadas por la vía de la percepción y no de la legalidad.

Tras este agotador aunque divertido periplo, preciso rogar mayor paciencia a mi atribulado lector, pues detrás de ello se encuentra la razón votiva de mi circunloquio: ¿Acaso –pregunto- no son los momentos críticos los que exigen la definición de las personas para volcarse al heroísmo? Y ya en serio: después del desastre del legislativo manchado por la corrupción, del fracaso en la oferta política más simple de todos los tiempos –salir del bache- y del lastre de una heredad política maldita, a gobernantes y gobernados les hace falta mirar hacia donde poco han mirado.

Cuando hablo de ello y cito el lacerado rostro de la ciudadanía, me refiero también a aquella que ya se encuentra detrás o en frente de quienes toman las decisiones: los operadores políticos, los asesores, los intelectuales, los hacedores del día a día de las instituciones, los que ejecutan la chamba más difícil: esa que requiere la estructura del poder para mantenerse firme. Y espero con ello no ofender al respetable que ve los toros desde la tribuna y, siendo tribunos, pueden chiflarle a este humilde monosabio que de todos modos ha salido al ruedo a remover la arena.

Los hay honestas y honestos, capaces, leales, tanto mujeres como hombres que, dentro de cada uno de los Partidos Políticos, dentro de las oficinas gubernamentales, dentro de cada conjunto de ciudadanos que hacen marchar lo mejor posible las dependencias, los organismos públicos y privados, deben ser tomados en cuenta para corregir lo que se ha descompuesto. A ellos es a quienes hay que darles la necesaria oportunidad de representar y salvar los intereses populares y cupulares, para con ello dignificar nuevamente el ejercicio de la autoridad civil.

En la columna previa dije que diría nombres, que barajaría rostros; pero aún sigo reflexionando en torno a los mismos, ya que no deseo equivocar los planteamientos que tal acometida exige, ni busco quedar bien con ninguno de los futuros citables en este espacio de opinión personal, dada la suprema importancia de que sean, para el grueso de la sociedad, personas realmente honorables, capaces, por lo que dejo para las siguientes semanas el listado de nombres que, desde mi óptica, deben ocupar los identificadores de las oficinas donde se decide el futuro de todas y de todos.

Después de todo, la prisa es poco elegante.

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