Home / Uncategorized / Carta 019. No me haga caso Maestro… Un texto de Valentín Ortiz Rebolloso

Carta 019. No me haga caso Maestro… Un texto de Valentín Ortiz Rebolloso

A la Madre de Don Agustín Ramírez, que me compartió su riqueza humana y que me decía que ella me regalaba parte de su pobreza para que un día fuera muy rico.

>

Son las 03:13 a.m. Algo me hace levantarme.

Era un sueño pesado el que me obligó a escribir éste, casi dormido…

A quién le puede importar si sacó de mí lo que traigo adentro, muy adentro; lo que me pesa y no, lo que me hace que me ría o llore a solas. Lo que me frustra después de pacientemente autocriticarme; lo que fue de mis formas de hacer llegar los dizque contenidos de una currícula mal planteada, y que los teóricos de escritorio, así lo han decidido. Teóricos que nunca han estado ante un grupo de alumnos por más de un ciclo.

Una mañana que ni yo sabía, la tierra se cimbró por varios minutos. El salón de clases parecía que se derrumbaba; las láminas del techo tronaban, las paredes de varas se trozaron. El pisó parecía que se abría. Todo fue tan repentino; los padres de familia llegaron en nuestro auxilio y nos decían: – Esto es pasajero, los otros dioses de la tierra nos están ajustando cuentas por los daños a la naturaleza.

Estábamos hablando de los accidentes del relieve y correlacionando contenidos con los demás grados. Ése era el tema generador a desarrollar, cuando se vino este movimiento. La Casa de enfrente no resistió. Cayó ante nuestros ojos. El viejo huanacaxle también sufrió los embates, y de él cayeron dos grandes brazos maestro: Se quedó manco éste. Lo bueno que su madera servirá p’a la leña.

La calma volvió tras unos minutos, ya que regresó el terror otra vez a nuestro cuerpo. No es fácil saber que la tierra te puede tragar en un instante, yo no estaba impuesto a vivir este fenómeno, tampoco los niños de primer grado.

Cuánta solidaridad viene de los pobres que pueblan el mundo, me vi precisado a pensarlo: Esa es la que nos salva. Si no nos ayudamos uno a otro, la bestia nos traga.

“Hubiera visto el mar maestro, desde allá arriba del cerro las olas parecían que saltaban, que llegaban al cielo y es que el mar no estaba muy lejos de nosotros, si sus aguas se hubieran salido, hasta acá hubieran llegado. Lo bueno que tenemos cerros y nos hubiéramos salvado en caso de inundarlos, jodida sería la gente que vive a pocos metros”.

Las clases continuaron. Protección civil no existía en estos pueblos olvidados.

El calor humano de los pocos pobladores que en esta comunidad existían, la solidaridad, era ese extraño sentimiento que les alejaba sus resentimientos a su pobreza y a los enemigos. Todos en ese momento de desgracia estaban unidos.

La construcción de la escuela no sufrió daños cuantificables; su edificación no era un diseño del primer mundo. Ésta había sido construida con materiales del entorno con la propia mano de los padres de familia, sin basarse en plano alguno, más que en el sentido común, ya que la necesidad exigía contar con un espacio para donde un maestro pudiera enseñarles algún contenido educativo a sus hijos.

Mal fue ese día en que los accidentes topográficos de la tierra y las consecuencias de los fenómenos naturales estábamos desarrollando con nuestros alumnos, porque experimentamos uno de éstos y vimos cómo la tierra y su relieve sufría cambios bruscos; la escuela parecía a mi tío cuando anda borrachito, contaba Timoteo. Toda se iba de un lado para otro, y para un lado quedó inclinada. Así quedaría también la conciencia de aquellos niños cuando fueran adultos: Inclinarse con los que les hurtan su esperanza y no lo dije yo, esto se lo escuche a la señora Enedina, que un día sin preguntárselo me dijo que por culpa de los de arriba era muy pobre. Que si no fuera por ésta tierra que lo da todo, se moriría al igual que sus hijos de hambre.

Cuánta falta hace la solidaridad de la Cruz Roja y de otras instituciones humanitarias para nuestro pueblo. Yo le cuento a usted esto porque si me pone atención; parece que estoy loca maestro, sólo usted me escucha. La gente y Dios están muy sordos.

Por más que les hablo no escuchan; por eso también están jodidos. Entiéndanos maestro no tuvimos escuela. Aunque no creo que sea necesario para no abrir los ojos, el pensamiento, y poder decir lo que nos duele. Decir lo que nos falta y hacernos oír más arriba, ¿pero sabe usted maestro?, la gente tiene mucho miedo en exigir no ser ya pobre, y luego los otros que nos hablan de la sagrada palabra, nos dicen que hablar mal de las autoridades es pecado…

Cuánta falta nos hace una buena educación que nos venga abrir los ojos y un buen mesías para liberarnos de nuestra cárcel eterna. Si maestro, nuestra pobreza, que de seguir así, por muchos años en carne propia viviremos.

No estoy loca maestro, solo de resentimiento me estoy muriendo, porque no se vale nacer, crecer y morir siendo pobre…

Si ellos, los de arriba, por solidaridad pensaran en nosotros, pudiera ser que de a mentiras viviéramos en el paraíso. Ojalá que un Día Dios baje de sus cielos donde está escondido y le jale las orejas a estos mal jumentos… Olvide lo que yo le digo, parece que si estoy loca….

Son las 04:44 a.m…

Valentín Ortiz Rebolloso, Ébano, S.L.P. México, a 14 de Noviembre de 2017

No olvides seguirnos en Facebook

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.

.....