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Carta 37… Un texto de Valentín Ortiz Rebolloso

Ébano, S. L. P.- 6:07 a.m. El silbido del tren por la estación de mi pueblo fue casi imperceptible. Tal vez lo rutinario de escucharlo a la misma hora, nos provocaba estar alerta para escuchar su tránsito, a quién se llevaría entre sus ruedas, y diezmaría en fragmentos sus inconclusos sueños.

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La mañana era esa esperanza de que le fuera bien al hijo que partía al norte. No había de otra: O te quedas a vivir sin que llegue el milagro de una posible vida nueva, o te vas en busca de ella.

Él se fue con unos amigos que con sus laboriosas manos tejían grillos de palma; sólo llevaban dos mudas de ropa, unas cuantas tortillas tostadas para que no se apescaguaran, un litro de agua y sus firmes esperanzas de pasar el muro que nos divide, pese a ser también de la misma América.

El frío, el sereno, los ladridos de un perro viejo, y el canto de un gallo, anunciaban que el sol tardaría en salir esta mañana.

¿Por qué nos está tocando vivir estos tiempos? Alguna vez me preguntó un alumno de 6o. de primaría; me quedé callado. Vi entre las paredes de varas y sin vidrios del aula el paisaje seco. El otoño a la flora la secaba; los pájaros picoflojos, sus cantos no dejaron que a mis oídos llegaran.

El fenómeno del niño pudiera ser que nos afecte y por eso la cosecha del maíz no pudo darse como antes, Diosito – dice mi abuela que está enojado -, y todos se rieron al escuchar al niño de primero que también opinaba.

Mi padre un día me regañó porque le pregunte quién era Mandela; que si era amigo de Fidel, y si estos admiraban al general Villa y a Emiliano Zapata, héroes de la patria de los pobres del campo.

¿Porque te enojas padre? Que haya tomado uno de tus libros, y al leer una de sus partes, creí entender eso que te digo, ¿acaso es pecado, o dime tú cual es la diferencia de aprenderme un rezo que me habla del cielo?, y por más que he visto rezar a mi madre y a ti ver el cielo, la vida, tú mismo lo has dicho, que nada cambia, que el paraíso terrenal está muy lejos de lograrlo.

Eso se lo dije a mi padre. Él me abrazo, y entonces sentí sus lágrimas tibias sobre mi pecho de niño. Créame profe que no me dio tristeza: Sentí muy harta alegría porque mi padre, casi no me abrazaba.

Esa mañana salí de la casa gustoso para venirme a la escuela. ¿Qué le falta a mi pueblo y a la naturaleza para no estar triste?, esperaré que un día me lo explique más detalladamente mi maestro. ¿Y si usted no hubiera estudiado para enseñarnos, fuera igual su vida como la de nosotros mi profe?, incisivamente preguntaba aquel muchacho…

Recuerdo a mi padre que siempre nos decía en la cena: Espero hayan repasado sus libros; hayan hecho bien su tarea; hayan mejorado sus estudios; porque de ello depende su futura vida y si logran que les vaya bien, de su madre y de mí no se preocupen.

Eso, hace muchos años, nos aconsejaba amorosamente nuestro padre. Siento tristeza, no sé qué sería de aquellos niños: Del hijo de la madre, que le dio la bendición al hijo que se montó con sus sueños de una búsqueda de vida mejor, a una bestia de acero, y ahora en el presente, el ver que uno de mis hijos, pese a que fue a la universidad, no tiene empleo.

No creo que Dios tenga una agencia de colocaciones en un empleo que se relacione con lo que él estudio; no creo que esto le llegue pronto. Su abuela devota a San Judas Tadeo le propuso: “Enciéndele una veladora, reza tantos rosarios y pídele te ayude a conseguir trabajo, verás que te cumplirá el milagro”.

Hoy me levanté muy temprano. Una corriente de aire provocó que la llama de esa veladora se agitara, y pensé: Mi casa que construí con muchos sacrificios se está quemando.

No estaba pasando nada. Me le quedé viendo a San Juditas; no creo que haya tenido frío pero me imagine que estaba muy triste por no cumplirle el milagro a mi muchacho, de no ser un desempleado en mi país, pese a haber estudiado en una buena universidad por varios años, y me pregunto, ¿para qué sirven los estudios?, mi mujer me reprocha.

Mejor hubieran estudiado para Profesor. Con palancas tal vez tendría ya trabajo. Me rasco la cabeza, no porque me haya picado una liendre, no, sino porque también me siento frustrado de no poder lograr que la vida de mi hijo cambie; de no ser testigo que cumpla sus sueños…

No hay trabajo para algunos que estudiaron la universidad tantos años con mucho esmero.

Afuera, en la calle, el panorama es desolador.

Hombres y mujeres caminan sin esperanza alguna. Se sienten derrotados y la navidad esta ya próxima, y el caballo de la oposición está muy viejo y con poca preparación para mi fino, joven potro con más estudios, publicó una política de mi pueblo en las redes sociales.

Solo a ellos les va muy bien en la vida hasta ahora, y a los otros, que sí fueron mas allá de la preparatoria.

¿Hasta cuándo?, me pregunto…

 

Valentín Ortiz Rebolloso, Ébano , S.L.P. a 27 de Noviembre del 2017

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