“México ya no es un socio confiable porque su Presidenta prefiere proteger la ‘soberanía’ de los cárteles por encima de las vidas de los ciudadanos estadounidenses. Si Sheinbaum continúa rechazando nuestra ayuda militar, o es cómplice o está completamente delirante sobre quién manda realmente en su país. No podemos permitir que un vecino estado fallido destruya a nuestras familias con fentanilo”. – Derek Harvey, compartido por Donald J. Trump.
Se dice con frecuencia que el poder es una carga terrible, aunque a juzgar por el ahínco con que tantos lo persiguen, debe de ser algo sumamente decorativo. Nuestra Presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, ha inaugurado una etapa donde la política ya no se declama, sino que se padece en un silencio casi monacal. Es una mujer de una inmutabilidad admirable, capaz de observar el desplome de una reforma constitucional con la misma parsimonia con la que un entomólogo observa el aleteo de una especie en extinción. Sin embargo, en los últimos diez días, esa máscara de frialdad científica ha dejado entrever algunas grietas por donde asoma una humanidad inesperadamente colérica. No es que pierda los estribos -la elegancia se lo impide-, pero tiene una forma de apretar la mandíbula que comunica más que cualquier discurso sobre la soberanía nacional.
La relación con el vecino del norte ha dejado de ser una coreografía diplomática para convertirse en un duelo de malentendidos perfectamente planificados. Donald Trump, ese caballero que confunde la franqueza con el estrépito, ha decidido que México es el escenario ideal para sus monólogos de campaña. El post de Derek Harvey, que el magnate compartió con la generosidad de quien regala una sentencia, es un monumento a la sutileza del mazo. Llamar a una mandataria “cómplice o delirante” es, en el código de etiqueta de Washington, una forma un tanto ruda de solicitar una invitación a cenar. Claudia, en respuesta, ha optado por la caridad intelectual al sugerir que el presidente está “desinformado”, una frase que posee la delicadeza de una daga de seda.
Es fascinante observar cómo la sensatez verbal se convierte en el bien más escaso cuando se tiene un micrófono delante y una elección a la vuelta de la esquina. Trump carece de ella por convicción, mientras que Sheinbaum parece conservarla por pura disciplina académica, aunque sus aliados políticos se encarguen de poner a prueba su paciencia. En la reciente Cumbre “Escudo de las Américas”, la ausencia de México fue notoria, pero más notoria fue la referencia de Trump a que él tendría que “resolverlo todo”. Es la tragedia del salvador: siempre está convencido de que su ayuda es indispensable, especialmente para quienes no la han solicitado. La Presidenta resiste, pero lo hace con esa pasivo-agresividad que caracteriza a quienes saben que tienen la razón, pero han perdido la mayoría en el Senado.
La soledad del poder es, en realidad, la compañía de quienes solo esperan el momento oportuno para dejar de serlo. El revés de la Reforma Electoral el pasado 11 de marzo fue una lección magistral de lealtad selectiva por parte del Partido Verde y el Partido del Trabajo. Es conmovedor ver cómo los aliados cuidan sus privilegios con el mismo celo con que un avaro guarda sus monedas, incluso si eso implica humillar a la Presidenta. Claudia descubrió esa tarde que el 70% de aprobación en las encuestas es un adorno muy bello para la pared, pero carece de valor jurídico en las votaciones parlamentarias. Fue una derrota de una pulcritud técnica asombrosa, ejecutada por aquellos que, apenas ayer, juraban amor eterno al proyecto de transformación.
Se acusa a la Presidenta de un autoritarismo que parece más bien un exceso de confianza en la obediencia ajena. Proponer una reestructuración de los ayuntamientos sin la debida atingencia constitucional es un gesto de una audacia que sólo la fe política puede explicar. El Artículo 115 constitucional no es una sugerencia, sino la piedra angular de un federalismo que, aunque maltrecho, todavía respira bajo el peso del centralismo. Intentar una “renovación moral” de las estructuras municipales desde el despacho presidencial es un ejercicio de voluntarismo que ignora la compleja geografía del poder territorial. Los constitucionalistas deben haber observado la propuesta con esa mezcla de asombro y lástima que se reserva para los experimentos que desafían las leyes de la gravedad.
Lo cierto es que Claudia Sheinbaum se encuentra ahora navegando en aguas que su mentor prefirió dejar atrás con una prisa sospechosa. El ex-presidente López Obrador ha tenido la gentileza de retirarse a medias, dejándola en la mitad de un río caudaloso y lleno de intrigas internacionales. Sostener la narrativa de la incorruptibilidad absoluta cuando las agencias norteamericanas señalan con el dedo a figuras como Adán Augusto o el joven “Andy” López, requiere un talento histriónico que la Presidenta no parece haber cultivado. Es difícil defender la pureza de un movimiento cuando el vecino del norte tiene los expedientes abiertos y la voluntad de usarlos como moneda de cambio. La sombra de la corrupción pasada es un abrigo demasiado pesado para el clima actual.
Existe en Morena una corriente que se siente perjudicada y que mira hacia el exilio de Palenque con una nostalgia que raya en la conspiración. Claudia está sola, no porque le falte gente a su alrededor, sino porque le sobran testigos de un pasado que no puede borrar y que tampoco puede ignorar. Las agencias de inteligencia de Estados Unidos, expertas en el arte de la persuasión institucional, saben perfectamente dónde están las costuras del régimen. En un mundo que coquetea con la tercera guerra mundial, México es apenas una nota al pie en la agenda de Trump, pero es una nota escrita con tinta indeleble. La frivolidad de los poderosos es tal que prefieren discutir sobre soberanía mientras las estructuras de seguridad se desmoronan bajo sus pies.
La presidenta se enfrenta ahora al dilema de la autenticidad: o sigue siendo la guardiana de un santuario vacío o se atreve a ser la arquitecta de su propia historia. Optar por la complicidad con el pasado la expone a terminar sus días políticos en la irrelevancia de una autocracia aislada, un destino que Maduro ha sabido explorar con un éxito lamentable. Trump no le dará tregua porque ella es la excusa perfecta para sus ambiciones locales, y sus aliados no le darán paz porque ya han probado que pueden desafiarla sin consecuencias. La sensatez debería dictar que el “Plan B” no es más que un paliativo para una enfermedad que requiere cirugía mayor.
Al final, la política es el arte de elegir entre lo desagradable y lo catastrófico. Claudia Sheinbaum debe decidir si prefiere ser la mujer que salvó la dignidad de su cargo cortando con las sombras del sexenio anterior, o si prefiere ser la capitana de un barco que se hunde por el peso de sus propios secretos. La ironía de su situación es que para salvar la “Cuarta Transformación”, quizás tenga que empezar por transformarla en algo que ella misma pueda reconocer frente al espejo. El tiempo de apretar la mandíbula se está terminando; ahora es el tiempo de decidir quiénes son realmente sus amigos, antes de que sus enemigos decidan por ella.
El tiempo de las medias tintas se agota. La “desinformación” que ella le achaca a Trump es, en realidad, una información privilegiada que ella se niega a reconocer en público: que el sistema que la sostiene está podrido por dentro. Cortar de tajo con la familia López y con su círculo de confianza no es solo una opción moral, es una medida de supervivencia biológica ante un Washington que ya está diseñando el “golpe de estado” blando mediante sanciones y desestabilización económica. Si Claudia insiste en ser la guardiana de los pecados ajenos, terminará como un Nicolás Maduro con mejor educación, pero con el mismo destino de aislamiento. El boleto para ver el fin del mundo ya lo tiene, la pregunta es si quiere verlo desde el trono o desde el banquillo de los acusados.
En conclusión, solo quedan dos caminos en este laberinto de espejos. O Claudia Sheinbaum se convierte en la cirujana que amputa el cáncer de la corrupción del sexenio pasado con el bisturí de la justicia -y el apoyo logístico de las agencias gringas-, o se hunde con el barco de la “Cuarta Transformación” mientras Trump se ríe desde su red social. No hay término medio cuando se tiene una tercera guerra mundial a la vuelta de la esquina y un vecino que confunde la diplomacia con el acoso escolar. La Presidenta tiene que decidir si su mandíbula se aprieta por rabia contra sus enemigos o por el peso de una corona que le queda cada vez más grande. Al final, la sensatez no es hablar bonito, sino saber cuándo dejar de defender lo indefendible para salvar lo que queda de nación.
@gandhiantipatro