Apenas arrancó el gobierno en 2024 de Claudia Sheinbaum y sus propios aliados decidieron usarla como balón de entrenamiento político, esto en referencia rumbo al próximo gran torneo electoral. Una escena que, si se mira con ironía, recuerda a los entrenamientos previos al Copa Mundial de la FIFA 2026, que tendrá partidos en México: todos patean el balón antes del juego importante. En este caso, el balón ha sido la propia presidenta, aunque se escuche muy mal, pero a ese grado es eln trato que le dan.
El primer golpe llegó con su iniciativa para prohibir que funcionarios en activo designaran como sucesores o candidatos a familiares directos, una propuesta que buscaba poner freno al nepotismo político. Sin embargo, lo que ocurrió fue una auténtica vapuleada legislativa, la iniciativa se aprobó… sí, pero con un cambio que la dejó prácticamente sin dientes: entrará en vigor hasta 2030, no en 2027 como se planteaba originalmente; es decir, para cuando llegue el momento de aplicarla, muchos de los actuales actores políticos ya habrán terminado de acomodar a sus propios cuadros familiares, si bien no con MORENA, pero que tal sus aliados.
Lo más llamativo no fue la oposición de los adversarios, sino la indiferencia —y en algunos casos abierta resistencia— de sus propios aliados. Personajes como Adán Augusto López Hernández y otros operadores del oficialismo simplemente no se alinearon al plan presidencial, la señal fue clara: la palabra de la presidenta puede ser escuchada, pero no necesariamente obedecida.
Peor aún fue lo que ocurrió con la reforma electoral que impulsó el gobierno federal, ahí el desacato político se volvió más evidente. La propuesta tocaba intereses muy concretos, particularmente los de partidos satélite del oficialismo como el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo. En términos simples, la reforma ponía en riesgo su negocio político y su supervivencia electoral, y cuando el poder amenaza intereses, los aliados dejan de serlo.
Pero el fondo de la reforma iba más allá de los partidos, entre sus implicaciones estaba debilitar o incluso desaparecer el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), un mecanismo construido durante décadas de lucha democrática para dar certeza y transparencia a las elecciones. Paradójicamente, muchas de las fuerzas que hoy gobiernan exigieron ese sistema cuando eran oposición: marcharon, protestaron, denunciaron fraudes y hasta patalearon uno de ellos a rabiar AMLO. Hoy pretendían borrarlo de un plumazo por órdenes de él mismo como un dictador.
Nadie quiso ver más allá del cálculo político inmediato. Ni los aliados ni los adversarios. Lo que quedó fue una presidenta exhibida como incapaz de imponer disciplina política dentro de su propio movimiento.
Ante ese escenario apareció el llamado “Plan B” de Claudia Sheinbaum: reducir regidores, ajustar presupuestos municipales y estatales, promover una supuesta austeridad política que algunos gobernadores y congresos locales ya intentan replicar. Pero más que una reforma estructural, parece un gesto político para llamar la atención, una bandera simbólica en medio de una disputa de poder que no termina de controlar.
Y mientras tanto, el discurso del “tiempo de las mujeres” se queda corto frente a la realidad del poder. Porque lo que se ha visto en estos meses es que aliados y adversarios por igual han tratado a la presidenta con una falta de respeto político que raya en la burla institucional. No hay disciplina, no hay respaldo sólido y, sobre todo, no hay temor a contradecirla públicamente, hacerla ver mal parece un gran deporte.
En un país donde la investidura presidencial solía imponer orden dentro de las filas del poder, hoy pareciera que la presidenta ha quedado atrapada en medio de una cancha donde todos patean el balón… y ella es el balón.
Porque si algo ha quedado claro en estos primeros episodios del sexenio es que, para muchos de sus propios aliados, Claudia Sheinbaum no ha sido la jefa política del movimiento, sino el entrenamiento previo al verdadero partido del poder. Y eso, en términos políticos, es quizá el peor mensaje que puede enviarse desde el inicio de un gobierno.
INFRAMUNDO
En política, como en el inframundo, muchas veces quienes creen tener el control terminan atrapados en sus propias trampas. Eso parece ocurrir hoy con Morena, que con su estrategia de “defensores de la 4T” buscó arrancar el proceso interno rumbo a las elecciones con demasiada anticipación. La jugada era clara: colocarse al filo de la ley para perfilar candidatos desde año y medio antes, sin demasiado recato y bajo el argumento de simples “recorridos informativos”. La maniobra, sin embargo, abrió una puerta que ahora resulta incómoda para el propio oficialismo y unos que otros que se sienten dueños de su política aldeana. Porque al adelantar el juego, también dio pauta para que la oposición hiciera lo mismo. Tanto el Partido Revolucionario Institucional, experto histórico en esas artes, como el Partido Acción Nacional, que aprendió con los años a moverse en esos terrenos, encontraron el resquicio perfecto para empezar a mover sus piezas. Y entonces la frase que alguna vez soltó el originario de sur, vuelve a sonar con ironía: “ternuritas guindas”. Porque ahora los mismos que normalizaron los adelantamientos y los disfrazaron de procesos internos, comienzan a hacer berrinche cuando otros pretenden hacer exactamente lo mismo y tendrán que tragar sapos.