¿Y qué esperaban? La Soga al Cuello. Por Gandhi

Un trono es solo un taburete de madera forrado de seda. Napoleón Bonaparte.

Resulta casi enternecedor, -si no fuera patético- observar el rostro de sorpresa de la nomenclatura morenista ante el vendaval que sopló desde el norte este fin de semana. Cuando Claudia Sheinbaum autorizó, mediante la firma dócil de su secretario de Relaciones Exteriores, la entrega de noventa y dos objetivos prioritarios que a como muestra de “buena voluntad” solicitaron los vecinos del norte, creyó que compraba tiempo y silencio. Aquella “ofrenda” de casi un centenar de reos, sacados de sus celdas en la oscuridad para ser servidos en bandeja de plata al sistema judicial norteamericano, no fue un acto de justicia, sino de fe ciega. Fue una sumisión operada con la eficacia de un verdugo, pero ejecutada con la ingenuidad de quien cree que el imperio se sacia con aperitivos. Para la mayoría de los mexicanos, aquel traslado masivo de reos pasó casi inadvertido entre el ruido de las mañaneras y la propaganda oficialista de cada día. Solo los juristas, esos que todavía creen en la letra muerta del debido proceso, se percataron de que se estaban saltando todas las trancas constitucionales de la extradición. La presidenta, que se ha cansado de repetir hasta la náusea que bajo su mando no habrá sumisión, abrió ella misma la puerta de la trampa que hoy no puede salir. En su afán por complacer las listas de Washington antes de la revisión del T-MEC, validó un mecanismo de entrega sumaria que hoy se le revierte como un bumerán envenenado.

El equipo jurídico de Palacio Nacional, caracterizado por una incompetencia que raya en la negligencia criminal, juró que el intercambio de “figuritas” detendría la presión sobre Sinaloa. Qué error tan garrafal y qué torpeza tan monumental la de creer que el Departamento de Justicia olvidaría los expedientes de 2021 solo por recibir a unos cuantos sicarios. Se mofaron de las listas de testigos protegidos clasificándolas de “chismes” extranjeros, sin entender que estaban alimentando a un monstruo que solo esperaba el momento político exacto para morder. Ahora, mientras intentan descifrar qué fue lo que salió mal, el cisma ya está instalado en el corazón mismo del movimiento. La soberbia es una mala consejera, pero en este gobierno es la única que tiene silla permanente en el gabinete de seguridad y en las oficinas de la Cancillería. Quisieron ensañarse con la gobernadora de Chihuahua tras el accidente de los agentes de la CIA, intentando fabricar un caso de soberanía herida para distraer la atención pública. Qué ironía tan deliciosa ver cómo intentaron linchar políticamente a Maru Campos mientras ellos mismos tenían a los agentes operando en el estado sin permiso oficial. Eligieron el peor momento para iniciar una guerra de lodo, sin saber que la verdadera bomba ya estaba armada y con el cronómetro en cero en una corte de Nueva York.

La estupidez política tiene un costo elevado, y en el caso de la actual administración, la factura se está cobrando con la moneda de la legitimidad de sus propios operadores. El senador Enrique Inzunza reaparece con un discurso de soberanía que suena a chiste malo, mientras los trascendidos sobre su posible cooperación con los gringos inundan los pasillos. El equipo de Sheinbaum, en su infinita miopía, creyó que podría controlar a los gobernadores mediante subsidios y palmaditas, ignorando que el miedo es un motor mucho más potente. Saben que ese día, el día de la tormenta perfecta, ya no es una posibilidad lejana, sino una realidad que camina a pasos agigantados. Los gobernadores del movimiento, desde los del Pacífico hasta los del Bajío, han comenzado a sentir el frío del acero norteamericano rozando sus investiduras de papel. Ya no es el “pueblo bueno” el que los juzga, sino un sistema que no entiende de abrazos y que tiene una memoria elefantiásica para los pactos de 2021. La incompetencia de la presidenta para blindar a sus aliados es ahora el tema de conversación preferido en las reuniones privadas de los operadores políticos del régimen. Saben que el sacrificio de los noventa y dos reos no fue más que el prólogo de una obra donde los protagonistas de la 4T son los que siguen en la lista de reparto.

En medio de este incendio de expedientes y traiciones, resultó más que curiosa la repentina necesidad de la presidenta de viajar al municipio de Palenque, en Chiapas, para inaugurar una obra menor que bien pudo esperar mejores tiempos. Qué extraña coincidencia que, justo cuando la tormenta de Sinaloa amenazaba con desbordar los diques de la capital, la agenda presidencial encontrara un hueco para una gira de corte casi nostálgico. Para los observadores más agudos, el viaje no tuvo nada de protocolario y sí mucho de consultivo, como si la investidura necesitase recargar su brújula en la selva. No se va a Palenque a cortar listones de proyectos intrascendentes en plena crisis diplomática, se va a recibir las instrucciones precisas sobre cómo capear un temporal que ya toca las puertas de la familia del mentor. El “tú a tú” con Washington parece desvanecerse cuando la prioridad real es el “sí, señor” en el retiro chiapaneco, donde se dictan las líneas de una defensa que se cae a pedazos. La estampa de la mandataria caminando entre la selva mientras el sistema judicial de los Estados Unidos desmantela su estructura de poder en el norte, es la metáfora perfecta de su actual encrucijada. Mientras ella buscaba consejo o quizá consuelo en la figura de su predecesor, en Nueva York y Texas los fiscales terminaban de afilar las declaraciones de los nuevos testigos protegidos. La desconexión entre la agenda de inauguraciones rurales y la urgencia de un Estado bajo asedio es tan evidente que raya en lo grotesco para cualquiera que entienda de juegos de poder. Fue una visita que, lejos de proyectar fortaleza, confirmó la fragilidad de una presidencia que todavía necesita permiso para decidir a quién entregar y a quién intentar salvar del abismo. Esa extraña peregrinación a Palenque quedará registrada como el momento en que la presidenta admitió, sin palabras, que las llaves de su gobierno no están en su oficina, sino en el retiro de quien todavía mueve los hilos.

La culminación de este sainete político llegó con la solicitud de licencia de Rubén Rocha Moya, quien ha preferido el refugio de las sombras antes que enfrentar el vendaval que él mismo ayudó a desatar. En su lugar queda la actual secretaria de Gobierno, aquella mujer a la que el propio Rocha se encargó de humillar en un evento público con esa arrogancia misógina que tanto lo caracteriza. Resulta imposible olvidar el tono condescendiente con el que el ahora ex gobernador relató la historia de cómo ella pasó de ser una “meserita” en una lonchería a ocupar un escaño y, posteriormente, un alto cargo en su gabinete. La presentó como el trofeo de una democracia que permite incluso a los más humildes escalar, mientras ella guardaba un silencio decoroso ante la mofa pública de su jefe. Pero el destino, que suele ser mucho más irónico y cruel que cualquier discurso de mañanera, ha decidido que sea precisamente ella quien recoja los pedazos de un estado incendiado por la ambición de su mentor. Rocha se jactaba de su progreso como si fuera una concesión gratuita de su generosidad política, sin sospechar que la “meserita” terminaría siendo la encargada de administrar el desastre que él dejó tras de sí. Y no se equivocó el viejo lobo sinaloense al decir que ella había progresado, pues hoy es ella quien sostiene el bastón de mando mientras él busca desesperadamente un amparo que lo proteja de sus propios fantasmas. Qué delicia de justicia poética ver a la estructura de Morena depender de quien fue objeto de sus burlas, demostrando que, en el juego del poder, hasta el más soberbio termina siendo servido en la mesa que él mismo despreció.

¿Cómo explicarle a la base militante que la misma presidenta que habla de independencia es la que ha pavimentado el camino para que la justicia extranjera decida quién gobierna?

El cinismo de la respuesta oficial es tan transparente que resulta insultante para la inteligencia de cualquiera que sepa leer entre líneas en este país. Se quiso jugar al ajedrez con un imperio que juega a la demolición, y el resultado es una estructura que cruje cada vez que un fiscal norteamericano abre la boca. La desestabilización no vino de fuera, la trajeron ellos mismos cuando decidieron que la ley era algo que se podía negociar por debajo de la mesa. La tormenta perfecta ya viene, y no trae consigo la lluvia que tanto esperan los campos de San Luis, Tamaulipas, Guerrero, Michoacán o Sinaloa, sino un aluvión de expedientes y grabaciones. La incompetencia jurídica de este gobierno pasará a la historia como el gran facilitador de la intervención que tanto dicen temer en sus discursos nacionalistas. Ya no hay lugar para la mofa ni para los ataques mediáticos contra la oposición chihuahuense para tratar de tapar el sol con un dedo. La bomba estalló, el cisma es real, y la presidenta está a punto de descubrir que, en política, la ingenuidad se paga con la misma moneda que la traición.

@gandhiantipatro