Es más fácil hablar claro cuando no va decirse toda la verdad. Rabindranath Tagore.
La pregunta no es retórica, sino el punto de partida necesario para entender el naufragio administrativo que hoy protagoniza Mario Delgado desde el despacho principal de la SEP. México llega a esta discusión tras conocerse los resultados de la prueba PISA 2025, donde nuestro país se confirmó como un habitante permanente del sótano educativo global. De las 81 economías evaluadas en este ciclo, la nación se arrastra en el lugar 60 en matemáticas, el 57 en ciencias y el 51 en comprensión de lectura. Somos, para fines prácticos, el último lugar de la OCDE en aprovechamiento real, con un rezago que equivale a casi dos años de escolaridad frente a nuestros pares internacionales. En un país que ya de por sí pone tan poco empeño en el aprendizaje sistemático, la propuesta del secretario de Educación resulta de una irresponsabilidad que raya en la sátira. Pretender que el sistema educativo se detenga por un balón de fútbol, es el síntoma definitivo de una gestión que no entiende de aulas, solo de urnas.
La reacción adversa de la sociedad mexicana y de varios secretarios de educación estatales no se hizo esperar, fue una tunda monumental que ni el propio Delgado vio venir en su exceso de confianza política. Las redes sociales hicieron el resto, una vez más, Mario Delgado fue el meme de la semana. Resultó fascinante observar cómo figuras de estados tradicionalmente alineados prefirieron deslindarse de inmediato ante el absurdo de justificar vacaciones adelantadas por una ola de calor que ya sufrimos en 2025 sin que se moviera un solo dedo. La mofa colectiva no se hizo esperar al ver que el argumento del Mundial de Fútbol de 2026 era el eje central de la logística educativa nacional. Es de un sarcasmo cruel proponer que los niños dejen las escuelas porque la selección jugará tres partidos vespertinos, mientras el resto del mundo compite por la vanguardia en inteligencia artificial y habilidades digitales. La sociedad entendió que, incluso para nuestros estándares de “echaleganismo” educativo, suspender clases por un evento deportivo era cruzar una línea de cinismo que ni el magisterio mexicano en su peor época podía defender sin ruborizarse.
Bajo este escenario de caos planificado, resulta ingenuo pensar que el recorte del calendario logrará la “paz operativa” que el secretario tanto anhela para navegar su tormenta personal. De cualquier forma, las protestas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación estarán presentes para desquiciar la ciudad con su puntualidad casi religiosa para el conflicto. La CNTE sabe que un evento de tal magnitud internacional es un escaparate que no podrían perderse por ningún motivo, convirtiendo las sedes mundialistas en su próximo campo de batalla por beneficios gremiales. No importa si hay clases o no, la beligerancia magisterial utilizará el Mundial de Futbol como el sistema de presión perfecto para extorsionar a un gobierno que hoy luce más preocupado por las pantallas que por los pizarrones. Delgado parece olvidar que a la Coordinadora no se le aplaca con vacaciones adelantadas, sino con una firmeza técnica y política de la que el actual secretario ha demostrado carecer de forma absoluta desde su llegada al cargo.
A este panorama de ineficacia administrativa se suma el hecho de que hace mucho tiempo no se veía un Mundial de Fútbol donde la afición mexicana estuviera tan poco desbordada. La sociedad ha transitado de la ilusión a la decepción y finalmente a una resignación apática que ya no compra los espejismos de la mercadotecnia deportiva. Los mexicanos han asumido como una real posibilidad que no habrá quinto partido e incluso sospechan que la selección no pasará ni siquiera de la fase de grupos en su propia casa. El fútbol se ha convertido en algo más en lo que somos unos mediocres, aceptando con amargura que somos unos pendejos para cobrar penales y para competir en la élite del soccer mundial. Quizás la única forma de lograr un triunfo inobjetable sea recurriendo a los métodos de reclutamiento del secretario, utilizando a los “Chapitos” o al CJNG para asegurar el objetivo deseado. Al final, parece que, en el México de la transformación, si no se gana por talento o educación, se gana por la fuerza de las alianzas oscuras que hoy sostienen al sistema.
Mañana, lunes 11 de mayo, es el día marcado en el calendario para que la propuesta de Delgado sea analizada en una reunión que promete ser un ejercicio de equilibrismo político extremo. Solo esperemos que, tras el escándalo y el evidente manoteo de Palacio Nacional, no salgan con la sorpresa de que “dijo mi mamá que siempre sí”. La presidenta Sheinbaum ya tuvo que salir a matizar la ocurrencia en su conferencia matutina, dejando al secretario en una posición de vulnerabilidad que muchos leen como el inicio de su ocaso. Pero no se debe subestimar a un hombre que, aunque guarde una apariencia pusilánime y grotesca, es el artífice de la red de reclutamiento más exitosa del “morenismo” actual. Delgado no está en la SEP para revolucionar la pedagogía, sino para custodiar los secretos de cada tránsfuga priista o panista que hoy ostenta un cargo público bajo el amparo de la cuarta transformación.
Su verdadera fuerza reside en ser el dique que sostiene la narrativa de pureza del movimiento, impidiendo que el castillo de naipes se derrumbe ante la exposición de sus alianzas territoriales.
Cada gobernador o legislador que llegó con su visto bueno sabe que Delgado es el depositario de sus acuerdos inconfesables y de las facturas políticas que aún no se terminan de pagar. Por ello, su permanencia en el gabinete no responde a una lógica de eficiencia en el servicio público, sino a una necesidad de supervivencia del sistema frente a las sombras del pasado. Las acusaciones que lo vinculan insistentemente con personajes oscuros del crimen organizado y con el negocio del huachicol fiscal son el “elefante en la habitación” que nadie quiere nombrar en voz alta. El secretario de Educación es hoy el rehén de su propia eficacia electoral, un operador que debe ser mantenido cerca para evitar que la información que posee se convierta en una bomba de tiempo.
Al final, la paradoja mexicana se resume en una realidad tan cruda como irónica. El futuro de nuestros niños y la estabilidad de nuestras fronteras parecen depender del mismo hilo conductor. Hoy no solo la legalidad y la justicia en los procesos electorales dependen de las denuncias presentadas por el Departamento de Justicia americano, sino que ahora también la educación y quizás la paz social parecen estar sujetas a ese escrutinio externo. Si el dique llamado Mario Delgado llega a ceder ante una acusación formal en el extranjero, la estructura que sostiene la gobernabilidad de la cuarta transformación quedaría expuesta en su fragilidad más absoluta. Mientras tanto, nos queda esperar que la cordura se imponga en la reunión de mañana y que el sistema educativo no sea sacrificado en el altar del pragmatismo político más vulgar. México no necesita vacaciones flash ni distractores mundialistas, necesita un secretario que sepa leer los resultados de PISA con la misma atención con la que hoy lee sus propios expedientes judiciales.
El 10 M
Hoy, mientras el país se entrega a la liturgia de festejar a las madres, la contradicción mexicana emerge con una violencia verbal y simbólica que define nuestro carácter social más profundo. Profesamos una veneración casi mística por la figura materna, colocándola en un altar de pureza absoluta, mientras usamos su nombre para articular la ofensa más hiriente o para ejemplificar el hartazgo más absoluto. Para el mexicano, la madre propia es lo sagrado, pero la ajena es el blanco de ataques físicos y verbales capaces de dejar inutilizado cualquier rastro de decencia o convivencia básica. Existe incluso una explicación ejemplar en la figura del guacho, ese animal que al crecer sin madre se va por la vida sin conocer moral, responsabilidad ni conciencia plena del bien y el mal. La madre es el eje que amamanta, protege y ofrece amor incondicional incluso cuando el hijo está recluido en una prisión o ha sido devorado por la maquinaria del crimen organizado.
Sin embargo, en este México de altares y ofensas, el dolor más agudo lo cargan las cientos de miles de madres buscadoras que recorren el territorio con el alma rota por la incertidumbre. Ellas son la prueba viviente de que el amor materno trasciende la muerte y la desaparición, manteniendo viva la memoria de quienes el sistema ha decidido borrar de sus estadísticas oficiales. Mientras las familias se reúnen para celebrar, ellas pican la tierra buscando un rastro de sus hijos, enfrentando el abandono de un gobierno al que, en la expresión más cínica de nuestro lenguaje, le vale madre el mundo. Es una ironía sangrienta que, en el país de la veneración mariana, las madres que más necesitan del Estado Mexicano sean las más ignoradas por una burocracia que prefiere administrar el silencio. Al final, no hay política educativa ni éxito electoral que compense el vacío de conciencia de una clase política que ha olvidado lo que significa tener madre, en el sentido más ético y humano de la palabra.
@gandhiantipatro