Cuando se hacen tonterías, éstas por lo menos deben dar resultado. Napoleón Bonaparte.
La política nacional posee la encomiable flexibilidad de doblar la realidad a golpe de retórica, la aritmética financiera y el derecho penal internacional, por desgracia para el oficialismo, no tienen esa elasticidad. Durante semanas, la narrativa de la administración ha ejecutado un vistoso acto de funambulismo conceptual, sostener que las finanzas públicas transitan por una tersa senda de consolidación mientras, tras bambalinas, se descapitaliza al Estado para inyectar toneladas de efectivo a un modelo energético disfuncional. Sin embargo, el reciente tijeretazo a la calificación soberana de México por parte de *Moody’s Ratings* -que sitúa al país en el umbral inferior del grado de inversión (Baa3) opera como un cubetazo de agua fría. Las agencias calificadoras no evalúan buenas intenciones ni la pureza ideológica del “segundo piso de la cuarta transformación”, sino la viabilidad técnica de un Estado cuyo margen de maniobra presupuestaria está en la lona. Estamos a un tris de que la etiqueta de la envoltura en México diga: invierta bajo su propio riesgo.
El núcleo de la degradación crediticia radica en una flagrante contradicción estructural que ni el mejor discurso puede maquillar. Mientras la Secretaría de Hacienda proyecta una disciplina fiscal impecable para el cierre de año, el gasto público demuestra una rigidez inflexible, casi esclerótica. El presupuesto federal se encuentra secuestrado por tres variables de carácter estrictamente vinculante: el servicio de la deuda pública -que devora cerca del 17% de los ingresos programables-, los compromisos ineludibles de los programas sociales elevados a rango constitucional y, de manera crítica, el respirador artificial de Petróleos Mexicanos (Pemex) y la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Bajo la elegante figura jurídica de aportaciones de capital y estímulos fiscales, la Federación ha transferido millonadas a una entidad paraestatal cuya hoja de balance la consolida como la petrolera más endeudada del orbe. Este mecanismo de subsidio perpetuo no genera activos productivos ni incentiva el crecimiento económico -el cual ya gatea por debajo del 1% para este ejercicio-, sino que traslada el riesgo corporativo de la petrolera directamente al balance soberano del Estado. En términos jurídicos y financieros, no estamos ante un rescate estratégico, sino ante una contaminación de la fe pública crediticia. En resumidas cuentas: estamos jodidos todos ustedes.
Seamos honestos y dejemos de lado por un momento el sagrado catecismo nacionalista, si en este preciso instante pusiéramos a la venta Pemex al mejor postor, no obtendríamos gran cosa por el cascarón, pero el verdadero negocio sería dejar de perder dinero a manos llenas. Por supuesto, si la presidenta me escuchase sugerir semejante atrocidad privatizadora, seguramente me atosigaría en su próxima comparecencia matutina con el infaltable sermón sobre la soberanía energética y la mística de conservar los símbolos de nuestro pasado reciente, esos que supuestamente forjan nuestra identidad patriótica a precio de oro. La cruda realidad es que Pemex se convirtió en un barril sin fondo gracias a una perfecta tormenta bivalente, por un lado, la corrupción institucionalizada que corre por sus tuberías y, por el otro, la flagrante incompetencia de sus últimos jerarcas. La pasarela de talentos incluye desde la hoy gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle -cuyo legado de ineficacia sigue costando caro-, hasta el recién renunciado director general de la empresa Víctor Rodríguez Padilla, cuyo principal mérito curricular en el servicio público parecía ser el haber compartido aulas y apuntes de estudio con la mismísima Claudia Sheinbaum Pardo. Por eso bien decía mi tatarabuelo Juan: en tiempos de crisis, no se hacen experimentos.
El nivel de pericia técnica de la última administración de la paraestatal fue tan portentoso que resultaron incapaces de advertir el masivo derrame petrolero en el Golfo de México. No se enteraron -o no quisieron- sino hasta que la prensa independiente obtuvo datos precisos de monitoreo satelital y el chapopote comenzó a decorar las playas de Veracruz y Tabasco. Con esa clase de “gerencia de excelencia”, el escenario de vulnerabilidad económica ha dejado de ser una variable teórica para convertirse en una crisis de gobernabilidad multidimensional, justo cuando la estabilidad institucional enfrenta una pinza de presión inédita tras la tormenta diplomática y judicial detonada por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos. La solicitud formal de detención provisional con fines de extradición internacional dirigida contra diez altos perfiles políticos y mandos policiales -vinculados por la Corte de Distrito de Nueva York a estructuras de protección del crimen organizado en Sinaloa- ha fracturado la defensa jurídica del Estado mexicano. La verdad es que los güeros juegan sucio, estamos hablando de números y ellos sacan el bote de excremento, lo colocan sobre la mesa y convierten una divertida tertulia en una furia escatológica sin control.
Ante el requerimiento de la justicia estadounidense, la Cancillería y el Ejecutivo federal han optado por una estrategia de dilación procedimental, argumentando la soberanía nacional y exigiendo la comparecencia de pruebas irrefutables antes de cumplimentar las órdenes de aprehensión. No obstante, este blindaje retórico se desmoronó en la praxis desde el momento en que los objetivos clave de dicha solicitud -al menos dos de ellos- optaron por evadir la jurisdicción nacional y entregarse voluntariamente a las autoridades del país vecino. Este hecho no solo deja sin materia la narrativa de la resistencia institucional, sino que exhibe una preocupante pérdida de control sobre los aparatos de procuración de justicia locales. Para los mercados internacionales y los socios comerciales del T-MEC, el Estado de derecho no es una abstracción romántica, sino una métrica de certidumbre para la inversión. Un escenario donde las estructuras gubernamentales de los estados se ven descabezadas por expedientes penales del exterior y donde la Federación muestra resistencia a coadyuvar en los tratados internacionales de extradición, incrementa de forma inmediata la prima de riesgo país. Tal vez si la jefa hubiera hecho lo que le pedían -detener de manera preventiva a los acusados- en lugar de estar con su “alegadera soberanista” y su pose de Claudia “modo víctima” no se le habría escapado el conejo de la chistera y al menos, ya estarían de acuerdo los diez acusados en la misma mentira. No que ahora, todo se trata de quien guardó un video, un grabación de audio o un papel firmado para empinar a los otros.
Un escenario donde las estructuras gubernamentales de los estados se ven descabezadas por expedientes penales del exterior y donde la Federación muestra resistencia a coadyuvar en los tratados internacionales de extradición, incrementa de forma inmediata la prima de riesgo país. A la presidenta se le agota el tiempo antes de tener que sentarse a la mesa de revisión del Tratado de Libre Comercio, y el margen para los malabarismos ideológicos es cada vez más estrecho. Muy a pesar de sus denodados esfuerzos por mantener la frente en alto, el pecho erguido y una rigidez marcial en cada conferencia, lo cierto es que su estructura anatómica de poder se percibe frágil, un tanto enclenque ante los embates de una realidad que no se alinea con los deseos de Palacio. Para nuestra fortuna dentro de esta tragicomedia, Donald ha estado demasiado ocupado reservando su pirotecnia discursiva y sus desplantes arancelarios para asuntos de verdadera envergadura global, como su reciente e histórico viaje de Estado a Pekín para medir fuerzas —y estrechar manos corporativas— con Xi Jinping, o el inminente silbatazo inicial del Mundial de Fútbol. Este despliegue de circo magno y diplomacia de alto nivel nos obsequiará, de manera providencial, un breve impasse en la agenda de la hostilidad internacional, una pausa técnica donde el nacionalismo azteca podrá refugiarse temporalmente en el color de las tribunas mientras las alertas financieras se mitigan con goles.
Sin embargo, el silbatazo final llegará inexorablemente hacia finales de julio, y para entonces la anestesia del balompié habrá perdido su efecto. Superado el trance recreativo, el orden global regresará a su programación habitual y volveremos, con el entusiasmo de siempre, a matarnos por unos cuantos metros de frontera en el norte, a desgarrarnos las vestiduras por tener una religión o una narrativa distinta, y a defender a capa y espada nuestro sagrado y subsidiado modelo económico por encima del que, según el dogma en turno, padecen con lamentable ceguera los “otros”. Al final, el funámbulo seguirá en la cornisa, pero cuando los reflectores del estadio se apaguen y los tribunales de Nueva York retomen sus carpetas, la terca realidad nos recordará que los mitos patrióticos no sirven para pagar la deuda, ni los balones de fútbol alcanzan para tapar los boquetes de Wall Street. La presidenta camina sobre el fango con zapatos de gamuza. El verdadero pragmatismo de su administración no se medirá en la capacidad de emitir decretos o encabezar alegres mesas de negociación con el sector privado, sino en la facultad de admitir que el costo económico del mito de la soberanía energética, sumado al desgaste institucional de la crisis de seguridad local, ha dejado al país expuesto al arbitrio de los tribunales de Nueva York y al rigor de las agencias de Wall Street. El funámbulo sigue en la cornisa, pero la red de protección, ya no está.
@gandhiantipatro