La Fábula del Pato y la Presidenta La Soga al Cuello. Por Gandhi

Una verdad sin interés puede ser eclipsada por una falsedad emocionante… Los dictadores del futuro no necesitarán la fuerza, les bastará con proporcionar distracciones infinitas para que las masas dejen de prestar atención a la realidad. Aldous Huxley.

 

Hay que reconocerle a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo una capacidad lingüística envidiable para el equilibrismo conceptual. En su afán por subirse al tren del mame ha declarado solemnemente que se encuentra contagiada -o contaminada- por el espíritu mundialista. Dios nos libre de la terminología médica e institucional que evoque crisis sanitarias o realidades científicas indeseables, ella prefiere la fiebre mundialista, acaso intuyendo, en un asomo de honestidad freudiana, que lo que está ocurriendo con la agenda pública de este país es, precisamente, una polución deliberada de la inteligencia. El síntoma más acabado de esta epidemia de frivolidad palaciega es la inminente pasarela de Merlín, el pato viral que, con sus tenis bien puestos y su camiseta de la Selección Nacional, está a punto de ser recibido con honores de Estado en la conferencia matutina de Palacio Nacional. El espectáculo es patético, pero sobre todo, es profundamente revelador. En la cúspide del jolgorio mediático, con el magnate de los abonos chiquitos -Ricardo Salinas Pliego- ofreciendo palcos VIP en el Estadio Ciudad de México para el partido contra Chequia y la FIFA otorgando nombramientos de “Embajador Oficial” a un ave de corral, la maquinaria del Ejecutivo ha encontrado su Santo Grial comunicativo. La perfecta anestesia con plumas para un país de idiotas, iletrados e imputables.

 

Es el folclore elevado a la categoría de alta política, o mejor dicho, la degradación de la realpolitik, nos encontramos al nivel de una carpa de variedades de finales del siglo XX. Mientras tanto, la presidenta ensaya su mejor sonrisa de simpatía manufacturada frente a las cámaras, arrullando al palmípedo de moda, las costuras de la realidad nacional se botan con la violencia de un resorte oxidado. Porque detrás del andar simpático del pato y de la retórica festiva de un mundial de fútbol que busca desesperadamente historias enternecedoras para sazonar la transmisión, late la verdadera y obscena estructura del México contemporáneo. Para el ojo adiestrado en la propaganda oficial, la historia de Merlín y su familia -una madre y su hijo que recorren las calles vendiendo aguas- es un monumento a la resiliencia y a la calidez del alma chilanga. Para cualquiera que se atreva a mirar sin las anteojeras del dogma, es la radiografía viva del fracaso del modelo económico. Que una mujer deba subsistir en la más absoluta informalidad laboral, usando a un animal como imán publicitario para arrancar unas monedas al asfalto de la capital, no es una anécdota entrañable, es la denuncia explícita de un sistema que ha convertido la vulnerabilidad en paisaje.

 

Durante años se nos ha machacado el oído con las bondades del “humanismo mexicano”, esa masa amorfa de clichés vulgares, principios morales de corte evangélico y máximas extraídas de los cuadernillos de civismo de los años setenta. Se nos prometió que el bienestar llegaría en forma de tarjetas de plástico y dispersiones bimestrales. Sin embargo, nunca en la historia de la civilización humana se ha logrado rescatar a un pueblo de la pobreza a base subsidios y dispendios clientelares que apenas sirven de paliativo. Presumen con bombos y platillos un aumento al salario mínimo que suena glorioso en el atril presidencial, pero que en la caja del supermercado se diluye ante una inflación devoradora y el encarecimiento brutal de la canasta básica. Subir el salario al doble para que el costo de la vida ascienda al triple, no es justicia social, es palabrería para el consumo de las masas que siguen atrapadas en la misma precariedad de siempre, la única diferencia de que ahora reciben un cheque del Gobierno que se les escapa entre los dedos antes de llegar a la esquina.

 

Pero el régimen prefiere la narrativa de la caridad. Es mucho más rentable electoralmente invitar al pato a la conferencia matutina presidencial que diseñar una política industrial, una reforma fiscal progresiva o un mercado laboral digno. Al final, los más jodidos siguen estando en el mismo sitio, sirviendo como escenografía para el discurso oficial y, en el colmo de la ironía, aportando las mascotas virales que le permiten a la presidenta simular empatía popular mientras el país se encarece y se desangra. Esta obsesión por el control de los daños mediáticos no es una simple ocurrencia, es el reflejo de un Estado paranoico que se encuentra en máximo nivel de alerta defensiva. En el microcosmos de Palacio Nacional, donde la presidenta opera como la fiel albacea de una sinfonía que su creador dejó deliberadamente inconclusa, no existen los errores, las omisiones ni las tragedias estructurales. Todo cuestionamiento, toda observación crítica y cualquier señalamiento de organismos internacionales es recibido con la suspicacia de quien se cree observado por enemigos imaginarios.

 

Bajo este lente paranoico, cualquier ave, onda electromagnética, pensamiento o sonido que cruce la frontera es vista como un atentado directo a la soberanía nacional. El Estado mexicano vive en un perpetuo estado de negación. Para la narrativa oficial, la disidencia no es un derecho democrático, sino una traición. La crítica internacional no es una llamada de atención técnica, sino una conspiración fraguada por agentes externos en perversa complicidad con la derecha local. Es la herencia directa del profeta de Macuspana, aquel conversador simplón y por momentos bobalicón que prefería la prosa sencilla y las lecturas de obvia interpretación para explicar la compleja historia de una nación. San Andrés nos acostumbró a que la realidad se divide entre el pueblo bueno que aplaude y los conservadores que intrigan. Y su sucesora, temerosa de apartarse un milímetro del guión sagrado, ha extremado la paranoia, si los datos no cuadran con el discurso, los datos son neoliberales, si el espejo nos muestra un rostro desfigurado, el espejo está financiado por la CIA.

Esta cerrazón ideológica adquiere tintes grotescos cuando se contrasta con la realidad diplomática que se avecina. Mientras el Gobierno se entretiene armando el zoológico mediático para consumo interno, en las oficinas de Naciones Unidas en Nueva York se está cocinando el expediente más negro para la reputación internacional del Estado mexicano en las últimas décadas.

 

El timing del show del pato Merlín no es una coincidencia biológica ni un milagro de los algoritmos de Tik Tok, es una operación de contención de daños frente al tema geopolítico más complejo que ha tenido que encarar esta administración. El pasado mes de abril, el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU activó un mecanismo de emergencia que hizo crujir las estructuras de la Cancillería, invocó, por primera vez en su historia, el Artículo 34 de su Convención Internacional. Conviene leer con escalofrío y rigor técnico lo que textualmente estipula dicho artículo: *Si el Comité recibe información fidedigna que, a su juicio, contenga indicios fundados de que la desaparición forzada se practica de forma generalizada o sistemática en el territorio bajo la jurisdicción de un Estado, el Comité podrá… someter la cuestión, con carácter de urgencia, a la consideración de la Asamblea General de las Naciones Unidas, por conducto del Secretario General…*

 

El lenguaje de la diplomacia internacional suele ser timorato y burocrático, pero el Artículo 34 es un hacha jurídica. Hablar de una práctica “generalizada o sistemática” es utilizar el mismo estándar conceptual que define a los crímenes de lesa humanidad. El Comité de la ONU no está diciendo que en México hay ineficiencia burocrática, está señalando que el Estado, ya sea por complicidad, omisión o colusión abierta entre las autoridades y el crimen organizado, es responsable de una catástrofe humanitaria de proporciones históricas.

El secretario general António Guterres ya ha procesado este expediente y el pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas tiene programado debatir este informe técnico en el periodo de sesiones que arrancará formalmente en septiembre de 2026. Por supuesto, la respuesta inmediata de la Secretaría de Relaciones Exteriores y de la Secretaría de Gobernación fue el predecible berrinche soberanista, tachar el informe de “tendencioso”, acusar al Comité de falta de rigor y envolverse en la bandera nacional para ignorar las recomendaciones.

 

Seamos claros, la Asamblea General no es la Corte Penal Internacional de La Haya. No tiene la facultad de emitir órdenes de aprehensión contra secretarios de Estado ni de dictar sentencias penales ejecutorias. Pero lo que ocurrirá en Nueva York es algo que aterra al Gobierno de la continuidad, la pérdida absoluta de la autoridad moral. Sentar a México en el banquillo de la Asamblea General bajo el Artículo 34 es exhibir al país ante sus socios comerciales del T-MEC y ante la comunidad global como un territorio sin ley, un Estado fallido en su obligación más elemental, garantizar que sus ciudadanos no se desvanezcan en la nada. Es el peor tribunal político del mundo, y el veredicto de la opinión pública global ya está firmado. Y ante este abismo diplomático y ético, ¿cuál es la prioridad de la titular del Ejecutivo? Ensayar chistes sobre la euforia mundialista y abrirle las puertas de la sede del poder de la República a un pato con tenis. El contraste no es solo una incongruencia política, es una afrenta obscena a la memoria y al dolor. Mientras el discurso oficial se empeña en estirar la liga del desmadre y el jolgorio para mantener elevados los niveles de popularidad y distraer la atención pública. La geografía real de México no se dibuja en los mapas turísticos ni en las sedes del Mundial, se dibuja en las palas, las varillas y los reactivos químicos de los colectivos de búsqueda.

 

Si tuviéramos la iniciativa colectiva de plantar una cruz por cada una de las más de 100,000 personas desaparecidas que registra la numeralia del espanto, no habría estadios suficientes en todo el subcontinente norteamericano para albergarlas. Se podrían llenar los recintos mundialistas enteros con el bosque de madera de nuestros ausentes. México no conocerá la paz mientras la única respuesta del Estado ante una madre que rasguña la tierra con las uñas en busca de un fragmento óseo sea la indiferencia, el recorte presupuestal a las comisiones de búsqueda o la descalificación velada. El nivel de descomposición es de tal magnitud que la muerte ya no sólo acecha a los desaparecidos, acecha con saña a quienes se atreven a buscarlos. Las ejecuciones a plena luz del día de madres buscadoras en estados como Puebla, Chihuahua, Sinaloa o Baja California son la prueba irrefutable de que el crimen organizado opera con la tranquilidad que otorga la impunidad pactada o la impotencia institucional. Esas mujeres mueren dos veces, primero, cuando les arrebatan a sus hijos, y después cuando una bala criminal apaga su búsqueda ante la mirada esquiva de un Gobierno que considera sus protestas como una “provocación de grupos conservadores”.

 

Pero la conferencia mañanera presidencial tiene otros datos y otros invitados. Es más cómodo, más seguro y infinitamente más simpático discutir si el reglamento de seguridad de la FIFA le permitirá a Merlín cruzar los filtros del Estadio Azteca el próximo miércoles, que responder por qué el Estado es incapaz de controlar sus carreteras, sus aduanas y sus municipios. Un pato de dos años genera millones de interacciones amables, memes ingeniosos y una agradable sensación de comunidad. Afrontar la crisis de las desapariciones forzadas implica mirarse en el espejo del fracaso y admitir que la soberanía no se defiende rechazando relatores de la ONU, sino garantizando la vida en el territorio. La masa amorfa de clichés que heredó la actual administración está llegando al límite de su resistencia material. La filosofía de la calle y los versos jocosos sirven para ganar elecciones y amenizar las mañanas, pero son inútiles para contener el veredicto de la historia y el escrutinio internacional. En septiembre, la delegación mexicana tendrá que pararse ante el pleno de las Naciones Unidas a intentar explicar lo inexplicable. Ojalá que para entonces, la presidenta tenga el tino de enviar al pato Merlín como jefe de la misión diplomática, aunque al paso que vamos y al ritmo que avanza la contaminación del desmadre oficial, ya nada tendría por qué sorprendernos.

 

En palabras de Bertrand Russell : el problema de la humanidad es que los estúpidos están completamente seguros de todo, y los inteligentes están llenos de dudas.

 

@gandhiantipatro

 

 

Últimas Noticias