

La fiesta siempre ha acompañado la llegada de un año nuevo y, en la Ciudad de México, esta tradición se remonta a décadas atrás, cuando majestuosos hoteles se convertían en escenarios de elegantes cenas-baile encabezadas por las grandes figuras del espectáculo. Artistas del cine, la música y el teatro eran los encargados de despedir al año viejo y dar la bienvenida al nuevo en veladas memorables que marcaron época.
Uno de los eventos más emblemáticos ocurrió en diciembre de 1948, cuando el cantante y actor Jorge Negrete encabezó la cena-baile para recibir 1949 en el Salón Candiles del Hotel del Prado, ubicado en la entonces Avenida Juárez, frente a la Alameda Central. El acontecimiento fue anunciado en las páginas de EL UNIVERSAL como un evento de gala que marcaba la reaparición del ídolo en México.
La velada contó con la participación del actor Tito Junco como maestro de ceremonias y fue amenizada por una orquesta en vivo. Los asistentes recibieron artículos festivos como gorros, serpentinas, confetti y silbatos, en un ambiente de celebración que combinaba música, elegancia y tradición, característico de las grandes fiestas de fin de año de mediados del siglo XX.
El menú reflejaba el lujo de la época, con una marcada influencia francesa. Iniciaba con foie gras y consommé “Royale”, seguido de medallón de langostino y ensaladas al estilo europeo. El plato fuerte era pavo relleno al horno acompañado de chipolata especial del hotel, mientras que los postres incluían mandarina glacé, frandisé y moka, acompañados de vinos franceses y champagne para el brindis.
Jorge Negrete, figura central de la Época de Oro del Cine Mexicano, continuó siendo protagonista de los festejos de Año Nuevo. Un año después, el 31 de diciembre de 1949, su película La posesión, protagonizada junto a Miroslava Stern, fue proyectada para recibir 1950 en el Cine Estadio, en la colonia Roma, consolidando su presencia como símbolo del espectáculo nacional.
Décadas más tarde, la tradición de recibir el año nuevo con grandes estrellas continuó. En 1980, la vedette y violinista Olga Breeskin engalanó la cena-show de fin de año en el Hotel Continental, sobre Paseo de la Reforma, para dar la bienvenida a 1981. Su espectáculo, que combinaba virtuosismo musical con teatro de revista, se convirtió en uno de los más representativos de la época.
Los shows de Olga Breeskin, realizados en espacios como el centro nocturno Belvedere, fueron todo un acontecimiento durante los años setenta y ochenta. Con vestuarios brillantes, presencia escénica sofisticada y su violín como elemento central, Breeskin marcó una era en la vida nocturna capitalina, en un hotel que simbolizó el lujo de aquellos años y que desapareció tras los daños sufridos en el sismo de 1985.