El Caballo Negro, La Soga al Cuellar. Por Gandhi

¿Ves aquellos que andan cabizbajos y lentos,

que murmuran de todos, sean malos o buenos,

y que hacen lo contrario que nosotros hacemos?.

Pues esos, no lo dudes, todos son puñeteros.

Nicolás Fernández de Moratín. 

La reciente e impertinente declaración de Manuel Velasco Coello sobre la “reciprocidad” electoral para el 2027 ha caído en el Altiplano con la gracia de un payaso encabezando la marcha silente de la procesión de viernes santo en San Luis Potosí. El senador chiapaneco, con esa parsimonia de quien se siente dueño de las estructuras ajenas, pretendió dictar desde la comodidad de sus oficinas en la capital del país el destino de una entidad que apenas conoce por mapa. Resulta casi tierno observar cómo la dirigencia nacional del Partido Verde intenta utilizar a San Luis Potosí como una simple ficha de cambio en un casino de diecisiete gubernaturas en disputa. Sin embargo, la respuesta del gobernador Ricardo Gallardo Cardona fue un ejercicio de realismo político que dejó al “Güero” Velasco recalculando su GPS de manera inmediata. Aquí las decisiones no pasan por el tamiz de la Ciudad de México ni se someten a los caprichos de una cúpula que suele confundir la cortesía con la sumisión total. En la política potosina, el centralismo es una enfermedad que se cura con un golpe de autoridad sobre el escritorio del despacho principal.

En este escenario de tensiones y desaires, la figura de Juan Carlos Valladares ha experimentado un crecimiento que raya en lo inverosímil para quienes lo veían como un simple invitado de honor en el gabinete. Lejos de representar una amenaza o una ruptura con el proyecto sucesorio de la actual administración, Valladares se ha convertido en el lubricante social que el movimiento necesitaba para aceitar su relación con las élites. Su presencia en la escena pública no busca rivalizar con la mística del “Gallardismo”, sino más bien proporcionarle una salida de emergencia sumamente inteligente y sofisticada. Al integrar a un perfil que emana confianza en los directorios de las grandes empresas, el gobierno estatal logra infiltrarse en sectores que antes le cerraban la puerta con doble candado. Es la evolución de un proyecto que aprendió que para gobernar un estado no basta con el apoyo de las plazas, sino que se requiere la anuencia de los capitales. Valladares es el puente de plata que permite al grupo en el poder transitar hacia una continuidad con tintes de respetabilidad empresarial y visión corporativa.

Por otro lado, el panorama en Morena resulta tan desolador que incluso sus más fervientes seguidores comienzan a cuestionar si el partido tiene vida propia o es solo un holograma nacional. A pesar de contar con las siglas más poderosas del país y un respaldo ciudadano que ya quisiera cualquier monarquía europea, el partido guinda en el estado padece de una anemia de cuadros verdaderamente preocupante. Sus aspirantes parecen más interesados en tomarse selfies con las figuras del gabinete federal que en construir un proyecto que le diga algo coherente al electorado de a pie. Es una paradoja fascinante: la gente adora la figura de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, pero voltea a ver a los liderazgos locales de Morena y prefiere cambiar de canal por falta de sustancia. No han logrado, ni por asomo, posicionarse en el ánimo de ese ciudadano promedio que busca una alternativa sólida y no solo una repetición de consignas gastadas. La orfandad de liderazgos en Morena San Luis es tan evidente que su única estrategia real parece ser esperar que el destino les resuelva la elección por inercia.

Es una estampa patética y recurrente en la capital potosina: ver a esa caterva de parásitos que se dicen “políticos” aplastando el trasero en las sillas de los cafés de la Avenida Carranza, creyendo que están moviendo hilos. Mientras el “gallardismo” se parte el lomo en el solazo de las colonias más olvidadas, estos señoritos de manos suaves y lengua bífida prefieren el aire acondicionado y el chisme de lavadero. No tienen la menor idea de lo que es ensuciarse los zapatos en el fango de la periferia porque les da asco el pueblo al que dicen querer representar, y esa distancia es precisamente el abismo donde se hunden. Es una soberbia estúpida pensar que se puede ganar una elección desde una mesa reservada, rodeados de otros inútiles que se aplauden mutuamente mientras la realidad les pasa encima. La política de Carranza no es más que una masturbación mental colectiva de sujetos que confunden el “socialité” con el trabajo de territorio real.

En medio de este zoológico de vanidades aparece Marco Gama, quien desde Movimiento Ciudadano sigue jurando que su “tercera vía” es algo más que un callejón sin salida pavimentado con espectaculares naranjas. Gama se pasea con esa sonrisa de quien cree que el electorado padece amnesia colectiva y no recuerda sus andanzas en otros nidos partidistas que abandonó cuando ya no daban para el gasto. Por otro lado, tenemos a la joya de la corona de la irrelevancia: el partido Nueva Alianza, donde el sempiterno Crisógono Sánchez Lara sigue moviendo los hilos de un magisterio al que usa como moneda de cambio. Y no podemos olvidar al diputado Juan Carlos Bárcenas Ramírez, ese profesor que nadie sabe bien a qué dedica el tiempo en el Congreso, pero que cobra con puntualidad religiosa. Son personajes que viven de las migajas que caen de la mesa principal, expertos en sobrevivir a base de chantajes magisteriales y alianzas de último minuto. Tanto Gama como los dueños del PANAL son rémoras políticas que esperan que el tiburón más grande les dé permiso de seguir pegados a la ubre del presupuesto.

El colmo de la desvergüenza es observar a las dirigencias del PAN y del PRI, encabezadas por Sara Rocha y Verónica Rodríguez, quienes se han dedicado a administrar la derrota desde la comodidad de una oficina refrigerada. Estas dos lideresas han convertido a sus partidos en sus cajas chicas personales, demostrando que les importa un bledo ganar si pueden seguir viviendo del presupuesto como si fueran de la realeza. Se han dedicado a ordeñar las finanzas para costear lujos y frivolidades que darían risa si no fueran un insulto directo a sus propios militantes, quienes se quedan huérfanos de dirección. Mientras ellas despilfarran el financiamiento público en pendejadas mediáticas, sus comités municipales se caen a pedazos por falta de atención y de un solo gramo de estrategia electoral coherente. La desastrosa gestión de Rocha y Rodríguez es el clavo final en el ataúd de una oposición que ya no tiene ni vergüenza ni rumbo.

En este ecosistema de ineptos y huevones, Enrique Galindo Ceballos opera con la paciencia de un cazador que sabe que su presa terminará por cansarse sola. El alcalde capitalino ha sabido mantenerse como una figura con presencia real, aprovechando el vacío que dejaron unos partidos de oposición que hoy son poco más que sellos de goma. Galindo sabe perfectamente que si la alianza entre Morena y el Verde se fractura por el exceso de soberbia de Velasco o la resistencia local, él será el único recolector de los votos huérfanos. Su ventaja competitiva no radica en un carisma desbordante, sino en el hecho de que no hay nadie más en la acera de enfrente que tenga un cargo de relevancia. Galindo es el beneficiario silencioso de una guerra civil ajena que podría terminar por entregarle las llaves de Palacio de Gobierno si sabe jugar sus cartas fuera de Carranza.

Para ser un “caballo negro” efectivo, Galindo necesita terminar de construir una red de liderazgos regionales y meterse de lleno a Soledad de Graciano Sánchez, el corazón palpitante del gallardismo.

Si logra zafarse del lastre que representan las parásitas de su partido y se ensucia los zapatos donde el Verde manda, podría darles el susto de su vida a los que ya se sienten dueños del trono. La moneda potosina siempre tiene una cara oculta que suele revelarse justo antes de que se cierren las urnas, y en esta ocasión, el factor Valladares podría ser el catalizador de un nuevo orden. Al final, San Luis Potosí demostrará una vez más que su política es de autor y que los guiones escritos en el centro del país suelen terminar en el cesto de la basura. El 2027 será la elección de las estructuras frente a los nombres, y en esa batalla, el que tenga la red más extensa será quien se quede con todo el pastel. 

@gandhiantipatro