Pachito desde Palenque, La Soga al Cuello. Por Gandhi

El hombre es una divinidad encadenada por el poder de las circunstancias. Martín Preda.

En el crepúsculo de una era que prometía ser ruptura y terminó siendo eco, el sistema político mexicano se encuentra sumido en una paradoja de inmovilidad. La narrativa oficial pregona un relevo generacional y de género, pero la arquitectura del poder revela una estructura de lealtades inquebrantables que convergen en un solo punto geográfico: una finca en Chiapas. Desde la espesura de Palenque, el ex presidente Andrés Manuel López Obrador ha ejecutado un “autoexilio” que, lejos de ser un retiro contemplativo, funciona como un centro de mando distribuido. A través de operadores clave como Adán Augusto López en el Senado y Ricardo Monreal en la Cámara de Diputados, el flujo de la voluntad obradorista no ha perdido presión. Incluso el Poder Judicial, bajo la mirada del ministro Aguilar, y la dirigencia del partido, en manos de la disciplinada Luisa María Alcalde, parecen piezas de un engranaje diseñado para la perpetuidad. La presencia de Andrés Manuel López Beltrán, “Andy”, en la estructura partidista, no es solo un gesto de nepotismo, sino el sello de una dinastía que garantiza que la agenda de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no se desvíe un solo milímetro de los rieles trazados por su predecesor.

Sin embargo, en este tablero de ajedrez donde cada pieza interna parecía estar bajo control, ha surgido una variable externa que amenaza con descarrilar la consolidación de la llamada “Cuarta Transformación”. Se trata del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, cuya administración ha desplegado un intervencionismo descarnado y explícito. La sombra ominosa de las agencias de seguridad estadounidenses —DEA, ATF y el FBI— ha dejado de ser una presión diplomática para convertirse en una incursión operativa. Bajo el pretexto de combatir el narcoterrorismo y el tráfico de armas, Washington ha comenzado a imponer condiciones que vulneran la soberanía que el régimen actual defiende con tanto celo retórico. Este escenario de hostilidad externa no estaba en los planes del estratega de Palenque, y la presión del norte amenaza con agrietar el muro de contención construido para proteger el legado obradorista.

La crisis se agrava al observar que el sistema político nacional, lejos de abrirse a la participación ciudadana ante la emergencia, se ha atrincherado en su propia hegemonía. En lugar de reformas democráticas que permitan la oxigenación del debate público, el partido en el poder impulsa una reforma política diseñada para asfixiar a las minorías. El objetivo es claro: reducir los espacios de representación proporcional y los órganos deliberativos para que la oposición sea apenas un murmullo inaudible. Es una regresión hacia el centralismo absoluto, donde la pluralidad es vista como un obstáculo para la “eficiencia” revolucionaria. En este contexto, el ciudadano queda relegado a ser un espectador de una lucha de titanes donde su voz no tiene cabida en los nuevos espacios de decisión, capturados por una burocracia que solo responde a la señal que emana de la selva chiapaneca.

Esta ingeniería legislativa busca erradicar el concepto de la representatividad como contrapeso. La eliminación de los espacios para las minorías no es un ajuste técnico; es una amputación del pluralismo político. Se pretende instaurar una dictadura de la mayoría que anule el disenso en los órganos colegiados. Al desmantelar los escaños plurinominales, el sistema clausura las válvulas de escape de la frustración social. La deliberación se sustituye por la aclamación. El congreso deja de ser un espacio de acuerdos para convertirse en una oficialía de partes del Ejecutivo. Esta uniformidad forzada es el síntoma inequívoco de un régimen que teme a la crítica. Sin minorías con voz y voto real, la democracia se convierte en un simulacro vacío.

La reforma impacta directamente en la médula de la participación social organizada. Se levantan barreras infranqueables para que nuevos movimientos ciudadanos logren acceso a las plataformas de decisión. Es una estrategia de asfixia presupuestal y operativa para cualquier pensamiento divergente. La centralización del control electoral garantiza que solo aquellos alineados con el dogma oficial puedan participar en la competencia por el poder. Se busca un monólogo nacional bajo la apariencia de un mandato popular absoluto. El costo de esta exclusión será una polarización aún más profunda y la erosión definitiva de la confianza en las urnas. La democracia participativa se reduce a una consulta dirigida desde la cúpula.

Es inevitable trazar un paralelismo entre este escenario y la sátira cinematográfica de Pachito Rex. Al igual que el personaje de ficción, López Obrador ha logrado trascender su presencia física en el palacio para convertirse en una entidad metafísica que todo lo vigila. Su figura ha sido canonizada por sus seguidores, convirtiéndolo en un tótem político cuya sombra es más alargada que su propia gestión. El sistema no ha cambiado; simplemente se ha “revolcado”, cambiando los rostros externos pero manteniendo la misma médula autoritaria que impide la verdadera alternancia de ideas. La presidenta Sheinbaum se encuentra así en la encrucijada de gobernar bajo la tutela de un fantasma y la amenaza de un imperio vecino que ya no guarda las formas diplomáticas de antaño.

La apoteosis de esta farsa es el espectáculo de una ausencia presente que nos guiña el ojo desde el trópico. Qué ternura inspira la ingenuidad de quienes creyeron en el silencio de los cedros; el “jubilado” de Palenque ha inventado el retiro más ruidoso de la historia universal. Es una prestidigitación magistral: el cuerpo descansa en una hamaca mientras sus dedos, largos y omnipresentes, siguen pulsando las fibras del presupuesto y el destino nacional. No es un exilio, es una mudanza estratégica del teatro de operaciones. El guión es perfecto y el reparto es dócil; solo falta que los gringos entiendan que aquí el show no termina hasta que el ventrílocuo se canse de sus muñecos. Al final, nos queda la resignación de saber que, en esta república de utilería, las puertas se cierran para que nada se escape y nada entre, especialmente la democracia. Pachito no ha muerto, solo está tomando un poco de sol mientras nos susurra con sarcasmo celestial la única verdad de su testamento: me voy, pero no del todo.

P.D. La presidenta anda en sus días, colérica, desencajada, a ratos impetuosa y alegre, al instante, triste, melancólica, depresiva, casi bipolar. Las giras no le sientan tan bien como a su mentor, aquél desbordaba alegría y vituperios en cuanto se subía a la camioneta. Su vida era andar en campaña, en la calle el discurso es entusiasta, no como en las ceremonias oficiales donde cada gesto, pujido o pose, es inmediatamente analizada e interpretada por los analistas políticos -y hasta los espías extranjeros toman nota. Por si fuera poco, la jefa recibió la noticia de que ahora sí, ni una gota de petróleo más a nuestros hermanos cubanos, y no fue una solicitud, y tampoco llegó por interpósita persona. Deberían dejar de repetir eso de que si cooperamos, pero jamás nos empinamos, nos hacen ver mal a todos. Para rematar esta semana de perros el coordinador de Morena en el senado Adán Augusto López dejó la jefatura para un incondicional de apellido Mier, según que no es por los escándalos, y tampoco por incompetencia para negociar la reforma política en ciernes, es para meterse a la operación electoral en el país. A ver si no quiere aplicar “La Barrredora” -mal chiste- a la disidencia morenista igual que a los enemigos del régimen. Que tan mal andarán las cosas que resucitar el ala dura del “morenismo” les pareció buena idea, eso sólo se le pudo haber ocurrido a una persona.

@gandhiantipatro